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Jesucristo
(gr. I'sóus [transliteración del aram. Yeshûâ{, "Jesús", y éste
del heb. Yehôshûa{, Josué] más Jristós [traducción del heb. Mâshîaj,
Mesías]).
El Salvador del mundo, el Mesías.* En tiempos del NT Yeshûâ{ era un
nombre corriente que se daba a los muchachos judíos. Expresaba la fe
de los padres en Dios y en su promesa de uno que traería salvación a
Israel. El ángel Gabriel indicó a José que llamara al primogénito de
María con este nombre, y la razón que se le dio fue: "Porque él
salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt.
1:21). "Cristo" no fue un nombre personal por el que la gente lo
conoció mientras estuvo sobre la tierra, sino un título usado para
identificarlo con aquel en quien las promesas y profecías mesiánicas
del AT encontraban su cumplimiento. Para los que creyeron en él como
enviado de Dios, él era el Cristo; es decir, el Mesías, el "ungido"
por Dios para ser el Salvador del mundo.
El uso de los 2 nombres juntos (Mt.
1:18;
16:20;
Mr. 1:1), Jesús y Cristo, constituye una confesión de fe en que
Jesús de Nazaret, el hijo de María, es realmente el Mesías (Mt.
1:1;
Hch. 2:38). También se lo conocía por el título de Emanuel,
"Dios con nosotros", un reconocimiento de su divinidad y nacimiento
virginal (Mt.
1:23; cf
Is. 7:14;
9:6, 7). La designación corriente que usó Jesús para sí mismo
fue "el Hijo del Hombre" (Mr.
2:10; etc,), una expresión que nunca usaron otros cuando
hablaban de él o se dirigían a él. Con este título, que parece tener
implicaciones mesiánicas, Jesús enfatizó su humanidad, sin duda
pensando de sí mismo como la simiente prometida (Gn.
3:15;
22:18; cf
Gá. 3:16). Raramente usó para sí mismo el título "Hijo de Dios",
el cual enfatizaba su divinidad (Jn.
9:35-37;
10:36), aunque a menudo se refería a Dios como su Padre (Mt.
16:17; etc.). Sin embargo, el Padre lo llamó su Hijo (Lc.
3:22;
9:35), y Juan el Bautista (Jn.
1:34) y los Doce (Mt.
14:33;
16:16) lo reconocieron como "Hijo de Dios". La afirmación de
Jesús de que Dios era su Padre en un sentido especial, y más tarde,
su admisión de ser el Hijo de Dios, le valieron el arresto de los
judíos que alegaban que eso era causa suficiente para su condenación
y muerte (Lc.
22:70, 71). El ángel Gabriel explicó que Jesús debía ser llamado
Hijo de Dios en virtud de su nacimiento de María por el poder del
Espíritu Santo (Lc.
1:35; cf
He. 1:5), y Pablo dice que la resurrección de Jesús de los
muertos lo declara "Hijo de Dios" con poder (Ro.
1:4). Sus dicípulos con frecuencia se dirigieron a él como
"Maestro" (Mr.
4:38;
9:38; etc.), y también, en reconocimiento de su deidad, como
"Señor" (Jn.
14:5, 8;
20:28). La gente y los gobernantes por igual usaron el término
"Hijo de David" como una designación popular para el Mesías (Mt.
12:23;
22:42;
Mr. 12:35; etc.), y como una expresión de la esperanza de
liberación de la opresión política.
I. Ambientación.
Más que cualquier otra cosa, fue la fe en el Mesías lo que unió a
los judíos como raza a través de los siglos y constituyó la base
para su existencia como nación. La esperanza mesiánica es el tema
central del AT, desde el anuncio de un Redentor (Gn.
3:15) hasta la promesa de uno que vendría delante de él para
preparar el camino (ls.
40:3-5;
Mal. 4:5). Correctamente comprendidas, las Escrituras del AT
predicen su venida y dan testimonio de él (Lc.
24:25-27;
Jn, 5:39,
47). Los escritores de los Evangelios se refieren con frecuencia
a las profecías del AT como cumplidas en Jesús de Nazaret (Mt.
1:23;
2:6,
15,
17, 18;
3:3; etc.), y Cristo mismo, en diversas ocasiones, las citó como
evidencia de que él era el Mesías (Lc.
4:17-21;
24:25-27;
Jn. 5:39,
47; etc.).
Por unos 375 años después de la restauración de la cautividad
babilónica en el 536 a.C., Judea fue tributario de los persas, de
Alejandro Magno y de sus sucesores: los Tolomeos de Egipto y los
Seléucidas de Siria. Luego, por aproximadamente un siglo, los judíos
gozaron de cierta independencia de gobiernos extranjeros, bajo una
serie de gobernantes conocidos como macabeos o asmoneos. Desde el 63
a.C. Palestina fue tributaria de Roma -aunque mayormente autónoma en
la administración de su vida interna, civil y religiosa- hasta el 70
d.C., cuando la nación se extinguió. Unos 15 años después que
Pompeyo subyugara Palestina, Herodes, conocido más tarde como "el
Grande", fue designado como principal magistrado de Galilea. En
ocasión de la invasión de los partos y cuando 2 gobernantes asmoneos
estaban luchando por el trono, Herodes fue designado rey de Judea
por los romanos (40 a.C.), y con la ayuda de ellos tomó Jerusalén
(37 a.C.). Esto terminó la larga serie de sangrientas guerras que
habían marcado los años 63 al 37 a.C., durante las cuales, se dice,
murieron más de 100.000 judíos. Durante los siguientes 70 años,
hasta el 34 d.C., se estima que otros 100.000 perdieron la vida en
abortivos intentos de sacudirse el yugo romano-herodiano. Herodes
asesinó a varios miembros de la familia asmonea, a cuyos miembros se
habían acercado los judíos en un vano intento por recuperar su
libertad. También asesinó a veintenas de nobles en diversas
ocasiones, ya sea porque no los quería o para confiscar sus
propiedades. Además incurrió en el odio de sus súbditos por sus
impuestos opresivos, uno de los medios usados para obtener los
fondos necesarios para sus grandiosos proyectos de construcción. Se
dice que al asumir encontró a la nación en un estado de prosperidad
razonable; cuando murió la dejó en una pobreza abyecta. Los judíos
también odiaban a Herodes por sus actividades paganizantes y su
crueldad ilimitada y desenfrenada. Lo llamaban "ese esclavo edomita"
y lo consideraban la encarnación de Satanás. Aunque era odiado,
tenía un deseo insaciable de ser apreciado y recibir honores; pero
percibiendo que los judíos nunca le darían eso, otorgó ricos favores
y donó grandes edificios a los habitantes de ciudades gentiles,
cercanas y lejanas. Un terremoto asolador (31 a.C.) y una hambruna
severa 6 años más tarde aumentaron el sufrimiento del pueblo judío
durante su reinado de 33 años. Uno de sus últimos actos antes de su
muerte, quizás en el 4 a.C., fue la matanza de los niños de Belén (Mt.
2). Como sucesores designó a sus hijos Arquelao (sobre Judea y
Samaria), Herodes Antipas (sobre Galilea y Perea) y Felipe (sobre la
región al norte y al este del Mar de Galilea). Este, cuyos súbditos
eran mayormente gentiles, hizo, según se dice, una buena
administración para sus gobernados. A veces, Jesús se retiró
brevemente a regiones bajo la jurisdicción de Felipe, donde gozaba
de estar libre de las molestias que le causaban los escribas y
fariseos. Gran parte del ministerio de Jesús fue consagrado a
Galilea y Perea que estaban bajo el dominio de Herodes Antipas.
Arquelao heredó el carácter perverso de su padre, pero no tuvo la
capacidad de éste. Era tiránico y bárbaro en el peor sentido.
Inauguró su reinado sobre Judea con una matanza sin sentido de 3.000
personas en los atrios del templo. Esta masacre despertó el
sentimiento público en su contra y provocó una serie de revueltas
sin precedentes. El odio por el dominio herodiano-romano alcanzó tal
nivel que por un tiempo prevaleció una anarquía completa.
Finalmente, en el 6 d.C., Augusto desterró a Arquelao a Galia y
anexó Judea y Samaria a la provincia romana de Siria, poniendo así
por 1ª vez a los judíos directamente bajo el gobierno romano. Como
se podía esperar, éstos se sentían amargamente ofendidos por la
presencia de los administradores y soldados romanos; pero con
ocasionales excepciones, los asuntos de Palestina estuvieron
relativamente en calma por muchos años. Cuando Coponio, el 1º de los
procuradores, intentó cobrar un impuesto romano directo, muchos
judíos galileos se rebelaron bajo Judas (Hch.
5:37). Abandonando su intento, los romanos entregaron la
recolección de impuestos a los judíos, que en el NT son conocidos
como "publicanos". Estos eran odiados, tanto porque representaban a
un detestado gobierno extranjero, como porque sistemáticamente
estafaban a sus propios conciudadanos. El emperador Tiberio, según
Josefo, observó que los procuradores romanos, los oficiales
financieros, eran como moscas en una herida: los que ya estaban
saciados no succionaban tanto como los recién llegados. La mayoría
de los procuradores eran inescrupulosos e incompetentes, que
provocaban en los judíos un odio aún mayor hacia Roma. Estaban
sentados, por así decirlo, sobre un volcán que finalmente entró en
erupción en la gran revuelta del 66-73 d.C. Sin embargo, bajo los
procuradores, los judíos todavía gozaban de una gran medida de
autonomía local en la administración de sus asuntos civiles y
religiosos: el gran Sanedrín de Jerusalén tenía cierta jurisdicción
civil como también religiosa; el sumo sacerdote era su presidente y
tenía una fuerza policial para imponer su autoridad; además, había
11 sanedrines regionales en Judea. Como corazón del judaísmo, la
Judea de los días de Jesús era ultraconservadora. Por otra parte,
Galilea -llamada "Galilea de los gentiles"-, era más cosmopolita,
con una mayor proporción de no judíos en su población. La influencia
griega predominaba en mucho mayor grado que en Judea. Había pocas
ciudades grandes, y la región estaba casi totalmente cultivada.
Véanse Concilio; Gobernador.
Bib.: FJ-AJ xviii.6.5.
II. Vida religiosa judía.
Esta giraba en gran medida alrededor de la sinagoga* local. Sin
embargo, en las grandes fiestas anuales -la Pascua o los Panes sin
Levadura, Pentecostés y los Tabernáculos- los peregrinos judíos y
los prosélitos gentiles de todas partes del mundo civilizado afluían
por miles al templo de Jerusalén. En esas ocasiones, los romanos
entregaban para su uso las sagradas vestiduras del sumo sacerdote
que ordinariamente guardaban en la Fortaleza Antonia junto al
templo.
Los 2 partidos religiosos principales eran los fariseos* y los
saduceos.* Un 3er grupo lo constituían los esenios. Los zelotes*
conformaban un 4º partido judío. Los herodianos,* "los que estaban
en favor de Herodes", formaban un 5º grupo, con intereses puramente
políticos. Los escribas, "intérpretes de la ley" o "doctores" (Mt.
7:29;
Lc. 7:30), no constituían un grupo separado, porque su mayoría
era farisea. Intérpretes profesionales de las leyes civiles y
religiosas de Moisés, su trabajo consistía en aplicar estas leyes a
los asuntos de la vida diaria. Su interpretación colectiva de la ley
mosaica, más tarde codificada en la Mishná y el Talmud, constituyó
la "tradición" contra la que Cristo habló tan definidamente. Véase
Rollos del Mar Muerto (III).
Sin embargo, se debería recordar que sólo una pequeña fracción de la
población de Palestina pertenecía a estas sectas políticas y
religiosas, y que las grandes masas no tenían educación y eran
despreciados por los líderes por causa de su ignorancia y laxa
observancia de los ritos. Entre estas personas sencillas hizo Jesús
la mayor parte de su obra y con quienes fue clasificado por la así
llamada elite de su tiempo. Era la gente común -muchos de los cuales
temían a Dios y tomaban en serio su religión-, la que lo escuchaba
"de buena gana" (Mr.
12:37).
En los días de Cristo había quienes fervientemente esperaban el
Mesías (Mr.
15:43;
Lc. 2:25,
36-38). La literatura judía extrabíblica anterior a Cristo, como
también la posterior a él refleja un gran interés en su venida y el
establecimiento de su reino. Las interminables y sangrientas guerras
del período herodiano-romano, el gran terremoto del 31 a.C. (en el
que miles de personas murieron) y la hambruna desastrosa del 25-24
a.C. fueron considerados como señales de la cercanía de la venida
del Mesías. También había en todo el mundo gentil gran expectativa
por un salvador. Cuando Augusto subió al trono (27 a.C.) y siglos de
luchas dieron lugar a una paz casi universal, los sentimientos
populares aplicaron leyendas y profecías mesiánicas a él.
En la mente de muchos su largo y tranquilo reinado parecía
justificar esta opinión. De esta expectativa mesiánica general, el
historiador romano Suetonio escribió: "Se había difundido por todo
el Oriente una antigua y firme creencia de que la suerte quería que
en ese tiempo hombres salidos de Judea Gobernaran al mundo. A esta
predicción, referida al emperador de Roma, como surgía de los
acontecimientos, la gente de Judea la tomo para sí misma". Otro
historiador romano, Tácito, atribuyo la rebelión judía (que terminó
con la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C.) a esta esperanza
mesiánica de los judíos: la creencia de que uno de su raza estaba
destinado a gobernar al mundo.
Bib.: FJ-AJ xiv.15.10; S-LC viii.4.
III. Cronología de la vida de Cristo.
No se conoce con precisión las fechas exactas del nacimiento, del
ministerio y de la muerte de Cristo, pero se las puede determinar
con razonable exactitud. Para mayores detalles véase Cronología (VIII,
A-C).
Sobre la base del registro de los Evangelios sinópticos (Mt., Mr. y
Lc.) se podría llegar a la conclusión de que el ministerio de Jesús
duró poco más que un año, ya que sólo se mencionan incidentes
relacionados con 2 Pascuas. Sin embargo, Juan menciona 3 (Jn.
2:13,
23;
6:4;
13:1) y una "fiesta de los judíos" no especificada (5:1).
El encarcelamiento y la muerte de Juan el Bautista, tomados en
relación con los eventos registrados del ministerio de Cristo,
ayudan a determinar que esta fiesta, cuyo nombre se omitió,
probablemente también fue una Pascua. Cuatro Pascuas fijarían la
duración del ministerio de Cristo en 3 1/2 años.
Los datos de estos eventos se pueden interpretar así: De acuerdo con
Mt. 4:12 y
Mr. 1:14. fue el encarcelamiento de Juan el Bautista lo que
indujo a Jesús a trasladar sus labores de Judea a Galilea y, según
Mt. 14:10-21(cf
Jn. 6:4-15), Juan fue decapitado en la época de la Pascua y un
año antes de la muerte de Jesús en la cruz (cf
Jn. 11:55). Además, el ministerio público en Galilea terminó en
la época de la Pascua, un año antes de la crucifixión (cf
Jn. 5:1;
6:66). El ministerio galileo coincide así con el período del
encarcelamiento de Juan. Ahora bien, el ministerio de Jesús en Judea
comenzó inmediatamente después de la Pascua, en la primavera que
siguió a su bautismo -es decir, la primavera del 28 d.C.-, y siguio
por un tiempo no especificado pero algo extenso (2:13,
23;
3:22,
26,
30;
4:1). Pero "Juan no había sido aún encarcelado" durante el
ministerio de Jesús en Judea (3:22,
24). Para evitar controversias entre sus discípulos y los de
Juan (3:25-4:3),
interrumpió temporariamente sus labores en Judea y fue a Galilea,
pasando por Samaria (4:3,
4). Por tanto, los incidentes de
Jn. 4 -en Samaria y Caná de Galilea- ocurrieron mientras Juan
todavía estaba en libertad y, por consiguiente, antes de la
iniciación formal del ministerio de Jesús en Galilea. Por cuanto no
había probablemente suficiente tiempo entre la Pascua de
2:13,
23 y la fiesta de Pentecostés (7 semanas más tarde para los
eventos de los
cps 3 y
4), la "fiesta" de
5:1 no pudo ocurrir antes de la de los Tabernáculos (6 meses
después de la Pascua). Pero si la de
5:1 se debe considerar la de los Tabernáculos de ese año, es
necesario llegar a la conclusión, sobre la base de los hechos ya
notados, que todos los eventos y desarrollos registrados en relación
con el ministerio de Jesus en Galilea conducen a la conclusión de
que sería imposible comprimir el ministerio galileo en un período de
6 meses. Por tanto, es razonable llegar a la conclusión de que la
"fiesta" de
Jn. 5:1 fue la 2ª Pascua del ministerio de Jesús (cf
2:13-15; un año después de la Pascua de
2:13,
23, y un año antes de la Pascua de 6:4), y que su ministerio se
extendió por un período de 3 1/2 años. Si se fija su bautismo en el
otoño del 27 d.C., su ministerio se extendió hasta la primavera del
31 d.C. Sobre la base de este esquema cronológico, pasaron unos 6
meses entre su bautismo (otoño del 27 d.C.) y la 1ª Pascua
(primavera del 28 d.C.). Durante este tiempo Jesús trabajó
tranquilamente en Judea y Galilea sin atraer la atención del
público. Entre la 1ª y la 2ª Pascuas (28 y 29 d.C.) su trabajo se
centró principalmente en Judea. El ministerio en Galilea ocupó el
año siguiente, hasta el tiempo de la Pascua del 30 d.C. Desde esta
Pascua, la 3ª, hasta la fiesta de los Tabernáculos (otoño
siguiente), Jesús interrumpió su ministerio público en Galilea y
pasó bastante tiempo en las regiones de los gentiles al norte y al
este, y en conversaciones privadas con sus discípulos. Desde la
fiesta de los Tabernáculos hasta la 4ª, Pascua (primavera del 31 d.C.),
trabajó principalmente en Samaria y en Perea. Sólo Juan (cps 2-5)
informa 1 1/2 año del ministerio de Jesús (otoño del 27 d.C. hasta
la Pascua del 29 a.C.). Los escritores sinópticos cubren con detalle
el año del ministerio en Galilea y los 6 meses de su retiro (Pascua
del 29 d.C. hasta la fiesta de los Tabernáculos del 30 d.C.). Juan
relata sólo 2 ó 3 eventos de este período (cp
6). Lucas (cps
9-19) es nuestra principal fuente de lo que Jesús hizo durante
los 6 meses finales en Samaria y en Perea, hasta la Pascua del 31
d.C. La designación formal de los Doce como apóstoles no ocurrió
hasta el verano del 29 d.C., más o menos a mitad del ministerio de 3
1/2 años. El último año de este período está claramente señalado por
las Pascuas mencionadas en
Jn. 6:4 y
11:55, quizá las de los años 30 y 31 d.C., respectivamente.
Véase Evangelios, Armonía de los.
IV. Vida y ministerio público.
El bosquejo de los eventos en esta sección siguen el esquema
adoptado en la Armonía de los Evangelios que aparece en este
Diccionario. Para un análisis de las razones de las posiciones que
se tomaron en esta armonía, véase el CBA sobre los pasajes
involucrados.
1. De la infancia a la adultez.
Jesús nació en Belén, la ciudad de David, para poder identificarse
más fácilmente como el Hijo de David y, por ello, el Mesías de las
profecías del AT (Lc.
2:1-7; cf
Mi. 5:2). Al 8º día fue circuncidado (Lc.
2:21), por cuanto la circuncisión era el signo del pacto y un
compromiso de obediencia a sus requerimientos. Jesús nació "bajo la
ley" de Moisés y se sometió a su jurisdicción (Gá.
4:4). Más tarde, José y María lo llevaron al templo para la
ceremonia de la dedicación del primogénito (Lc.
2:22-39; cf
Lv. 12:1-4). Desde muy temprano este rito había sido seguido por
los hebreos como reconocimiento de la promesa de Dios de dar su
Primogénito para salvar a los perdidos. En el caso de Jesús fue un
reconocimiento del acto de Dios de dar a su Hijo al mundo, y el de
la dedicación del Hijo a la obra que había venido a hacer. Después
de la visita de los magos (Mt.
2:1-12), mediante los cuales Dios llamó la atención de los
dirigentes de la nación judía al nacimiento de su Hijo, José y María
se refugiaron por breve tiempo en Egipto de la furiosa persecución
de Herodes (Mt.
2:13-18). De regreso a Palestina, por instrucción divina se
establecieron en Galilea y no en Judea, sin duda para evitar el
estado de anarquía que prevalecía allí durante el turbulento reinado
de Arquelao (Mt.
2:19-23;
Lc. 2:39, 40). Se consideraba que a la edad de 12 años un varón
judío pasaba el umbral de la niñez a la juventud. Como "hijo de la
ley" llegaba a ser personalmente responsable de cumplir los
requisitos de la religión judía, y se esperaba que participara en
sus sagrados servicios y fiestas. De acuerdo con esto, a la edad de
12 años Jesús asistió a su 1ª Pascua, donde por primera vez dio
evidencia de comprender su propia relación especial con el Padre y
la misión de su vida (Lc.
2:41-50).
2. Ministerio público temprano.
El bautismo de Jesús y su ungimiento con el Espíritu Santo,
posiblemente en la época de la fiesta de los Tabernáculos (otoño del
27 d.C.), fue para él un acto de consagración a la tarea de su vida,
que lo separó para el ministerio (Mt.
3:13-17; cf
Hch. 10:38). El Padre declaró públicamente que Jesús era su
propio Hijo (Mt.
3:17), y Juan el Bautista reconoció la señal que se le había
indicado para identificar al Cordero de Dios (Jn.
1:31-34). Después de su bautismo, se retiró al desierto para
contemplar su misión. Allí, el tentador lo sometió a pruebas
destinadas a apelar a sus sentidos, al orgullo y al logro de su
propia misión. Antes que pudiera salir a salvar a los hombres, él
mismo debía obtener la victoria sobre el tentador (Mt.
4:1-11; cf
He. 2:18). Más tarde regresó al Jordán, donde Juan estaba
predicando (Jn.
1:28-34), y poco después reunió a su alrededor un pequeño grupo
de seguidores: Juan, Andrés, Simón, Felipe y Natanael (vs.
35-51). Su 1er milagro, en Caná de Galilea (2:1-11),
fortaleció la fe de ellos en él como el Mesías y les dio una
oportunidad de dar testimonio de su nueva fe a otros.
3. Ministerio en Judea.
Con la limpieza del templo en la época de la Pascua (la primavera
siguiente, unos 6 meses después de su bautismo), Jesús anunció
públicamente su misión de limpiar los corazones de los hombres de la
contaminación del pecado (Jn.
2:13-17). Desafiado por las autoridades del templo por este
acto, señaló hacia adelante en forma velada a su muerte en la cruz
como el medio por el cual se proponía limpiar el templo del alma (vs
18-22). La visita nocturna de Nicodemo, un consejero importante,
dio a Jesús una oportunidad, bien al principio de su ministerio, de
explicar el propósito de su misión a un miembro del Sanedrín (Jn.
3:1-21) cuya mente era receptiva. Más tarde, Nicodemo pudo
desbaratar temporariamente los intentos de los sacerdotes para
destruir a Jesús (cf
7:50-53). Saliendo de Jerusalén, ministro por un período
prolongado en Judea (3:22).
La gente se agolpaba para escucharlo, y la marea de popularidad
gradualmente pasó de Juan a Jesús (4:1).
Cuando esto afectó a los discípulos de Juan (3:25-36),
Jesús, deseando evitar toda ocasión de incomprensiones y
disensiones, calladamente dejó sus labores y se retiró, por un
tiempo, a Galilea (4:1-3).
Aprovechó esta interrupción de su ministerio en Judea para preparar
el camino para su posterior ministerio exitoso en Samaria y en
Galilea. A su regreso a Jerusalén (la Pascua del 29 d.C.) sanó en
sábado a un paralítico junto al estanque de Betesda, tal vez el caso
peor y más conocido de cuantos se encontraban allí (5:1-15).
Los dirigentes judíos habían tenido un año entero para observar a
Jesús y evaluar su mensaje, y Cristo sin duda quería que este
milagro los condujera a una decisión abierta. Acusado por los judíos
de quebrantar el sábado, se defendió afirmando: "Mi Padre hasta
ahora trabaja, y yo trabajo" (vs
16-18). Tenían ante sí diversas evidencias de su calidad de
Mesías: A. Habían oído y profesaban aceptar el mensaje de
Juan el Bautista, y Juan había declarado que Jesús era el Hijo de
Dios (vs
32-35; cf
1:31, 34). B. Los muchos milagros que había realizado
durante su ministerio en Judea (2:23)
y, en particular, la curación del hombre paralítico ese mismo
sábado, testificaban acerca de su afirmación (5:16).
Por estar haciendo las obras de su Padre (v
36; cf
v 17) testificaba de que había venido del Padre. C. El
Padre mismo había declarado que era su Hijo (vs
37, 38). D. La evidencia suprema del mesianismo de Jesús
era la que se encontraba en los escritos de Moisés que ellos
profesaban aceptar, y que serían sus acusadores si lo rechazaban (vs
39-47).
Los sacerdotes y gobernantes sin duda hubieran matado a Jesús allí
mismo si se hubiesen atrevido, pero temieron los sentimientos
populares que estaban demasiado en su favor (cf
Jn. 5:16, 18). Sin embargo, rechazaron sus afirmaciones y
decidieron quitarle la vida en algún momento futuro (v
18). De allí en adelante, los escritores evangélicos mencionan
con frecuencia a espías enviados para observar a Jesús e informar lo
que hacía y decía, lo que mostraba que los sacerdotes y gobernantes
intentaban consolidar acusaciones contra él (cf
Lc. 11:54;
20:20; etc.). También, por esta época, Herodes Antipas encarceló
a Juan el Bautista (Lc.
3:19, 20). Estos 2 eventos -el rechazo por el Sanedrín y el
encarcelamiento de Juan el Bautista- señalan el fin del ministerio
de Jesús en Judea (Mt.
4:12; cf
Jn. 7:1). Para evitar conflictos sin sentido con los maestros de
Jerusalén, desde entonces restringió sus labores principalmente a
Galilea y, en realidad, no volvió a Jerusalén hasta la fiesta de los
Tabernáculos (1 1/2 año más tarde).
4. Ministerio en Galilea.
Los galileos eran menos complicados y menos dominados por sus
dirigentes que los judíos de Judea, y sus mentes estaban más
abiertas para recibir la verdad. Durante su ministerio en Galilea el
entusiasmo creció tanto que se vio obligado, algunas veces, a
esconderse para que las autoridades romanas no tuvieran ocasión de
temer una insurrección. Por un tiempo pareció que los galileos lo
recibirían como el Mesías. Abrió su obra en Galilea, en Nazaret,
cuya población lo conocía mejor y deberían haber sido los que
estuvieran mejor preparados para darle la bienvenida (Lc.
4:16-30). En la sinagoga, el sábado les explicó la naturaleza y
el propósito de su misión, pero ellos rehusaron aceptarlo y
quisieron quitarle la vida.
Dejando Nazaret, Jesús hizo de Capernaum su centro de labores en
Galilea (Mt.
4:13-17). Junto al mar, una mañana llamó a Pedro y Andrés, y a
Jacobo y a Juan para que se le unieran como colaboradores suyos y lo
siguieran como discípulos de tiempo completo (Lc. 5:1-11; cf
Mt. 4:18-22). Los sentimientos subieron tanto de tono, que Jesús
se sintió impulsado a abandonar Capernaum por un tiempo y trabajar
en otra parte (Mr.
1:28,
33,
37, 38). Así salió en su 1er viaje por los pueblos y las aldeas
de Galilea, proclamado que "el reino de Dios" se había "acercado" (Mr.
1:14, 15;
Lc. 4:31,
43). De regreso en Capernaum, sanó al paralítico que había sido
bajado por el techo (Mr.
2:1-12). Como testigos del milagro había una delegación de
"fariseos y doctores de la ley" de todas partes de Judea y de
Galilea y también representantes de las autoridades de Jerusalén (Lc.
5:17) que sin duda habían venido para investigar y estorbar sus
labores exitosas. Al perdonar y sanar al paralítico, les dio una
evidencia indiscutible del poder del Cielo en operación, y que su
autoridad era divina (vs
18-24). El fracaso de los intentos de desacreditar a Jesús es
evidente por el aumento de la popularidad que caracterizaba su obra
(cf
Mr. 3:7, 8).
Durante el intervalo entre la 1ª y la 2ª gira por Galilea, Jesús
ordenó a 12 de sus seguidores para que fueran apóstoles (Mr.
3:13-19). El mismo día (véase
Lc. 6:13-20) presentó el Sermón del Monte, dirigido
primariamente a sus discípulos, pero que oyó también una gran
multitud (Mt.
5-7). En este sermón, que se puede considerar como el discurso
inaugural de Jesús como Rey del reino de la gracia divina y como su
constitución, planteó sus principios fundamentales. Poco después
salió en su 2ª gira por Galilea (Lc.
8:1-3), que está descripta con más detalles que cualquiera de
las otras. Durante ella, demostró el poder de su reino y su valor
para los hombres. Se inició (7:11-17) y terminó (Mr.
5:21-43) con revelaciones de su potestad sobre la muerte. Jesús
también demostró su dominio sobre la naturaleza (Mt.
8:23-27) y sobre los demonios (Mt.
12:22-45;
Mr. 5:1-20). Como Rey del reino de la gracia divina, Jesús podía
liberar a los hombres del temor a la muerte, a los elementos de la
naturaleza y a los demonios, lo que resumía muy bien los temores
populares de la época. Durante esta gira Jesús dio su sermón junto
al mar (Mt.
13:1-53), con una serie de parábolas en las que presenta los
mismos principios que había enseñado de un modo más formal en el
Sermón del Monte. En su 3ª gira por Galilea envió a los Doce, de 2
en 2, para adquirir experiencia en la evangelización personal (9:36-11:1).
En su ausencia, en compañía de otros discípulos, visitó de nuevo
Nazaret, donde sus conciudadanos lo rechazaron por 2ª vez (Mr.
6:1-6). Esta gira terminó por el tiempo de la Pascua (primavera
del 30 d.C.). La evidencia del poder divino en el milagro de los
panes y los peces (vs
30-44) fue aceptada por los 5.000 hombres presentes como la
prueba cumbre de que el Libertador largamente esperado estaba entre
ellos. Tenían un hombre que podía alimentar a todo un ejército,
sanar a todos los soldados heridos y aun levantarlos de los muertos,
conquistar las naciones, restaurar el dominio a Israel y transformar
a Judea en un paraíso terrenal, como lo habían predicho los profetas
de la antigüedad. Quisieron coronarlo rey, pero se rehusó (Jn.
6:14, 15). Este fue el punto culminante de su ministerio.
Después de una noche de tormenta en el mar (Mt.
14:22-36) regresó a Capernaum, donde dio el sermón sobre el Pan
de Vida (Jn.
6:25-7:1). La gente que había pensado en Jesús como gobernante
de un reino terrenal ahora se dio cuenta de que el suyo era un reino
espiritual, y la mayoría de ellos "se volvieron atrás" (Jn.
6:66). La corriente del entusiasmo popular se volvió contra
Jesús en Galilea como había ocurrido en Judea un año antes.
5. Retiros momentáneos.
Jesús ahora suspendió sus labores públicas en favor del pueblo de
Galilea. Rechazado por los líderes y por el pueblo, percibió que su
obra estaba llegando rápidamente a su conclusión. Ante él se erguían
en un vívido bosquejo las escenas de su sufrimiento y muerte, pero
ni sus discípulos lo entendieron. Como la gente en general, todavía
concebían su reino como un dominio terrenal. En repetidas ocasiones
Jesús volvió a analizar con ellos su condición de Mesías y su misión
en un esfuerzo por prepararlos para el gran chasco que
experimentarían. En Cesarea de Filipo (Mt.
16:13-28), sobre el Monte de la Transfiguración (17:1-13),
Y mientras andaban por el camino (vs
22, 23), les explicó que como Mesías tenía que sufrir y morir.
También, durante ese período, se retiró a las regiones no judías de
Fenicia (1
5:21-28), Cesarea de Filipo (16:13-28)
y a Decápolis (Mr.
7:31-8:10), intentando despertar en sus discípulos un sentido de
responsabilidad por lo paganos. La confesión de fe en Cesarea de
Filipo (Mt.
16:13-20) señaló un punto notable en la relación de los
discípulos hacia Jesús.
Su comprensión de la misión de Cristo había crecido durante el
tiempo de su asociación con él. Ahora, por la vez, dieron evidencia
de su aprecio por ella.
6. Ministerio en Samaria y Perea.
En el otoño de ese año, Jesús y sus discípulos asistieron a la
fiesta de los Tabernáculos (Jn.
7:2-13). Esta fue su 1ª visita a Jerusalén desde la curación del
paralítico junto al estanque de Betesda y el rechazo del Sanedrín
unos 18 meses antes. El tema de Cristo como el Mesías estaba en la
mente de todos, y sabían también del complot contra su vida (Jn.
7:25-31). Había una clara división de opinión acerca de si Jesús
debía ser aceptado como Mesías o debía ser muerto (vs
40-44). Cuando hubo un intento de arrestar a Jesús, Nicodemo
silenció a los complotadores (vs
45-53). Se hizo otro intento de entramparlo (8:2-11).
Mientras estaba enseñando en el templo, las autoridades lo
desafiaron otra vez, y él, a su vez, abiertamente afirmó que Dios
era su Padre y se declaró el Enviado de Dios. Como resultado
intentaron apedrearle allí mismo (vs
12-59). Sin embareo, escapó (v
59), y aparentemente regresó brevemente a Galilea antes de salir
de allí en su último viaje a Jerusalén (cf
Lc. 9:51-56).
Los siguientes meses Jesús los pasó trabajando en Samaria y Perea, y
envió a los 70 en su misión (Lc.
10:1-24). Poco se sabe de la ruta exacta que tomó Jesús, pero
Lucas registra en forma completa las parábolas y las experiencias de
este período (9:51-18:
34). Ahora se movía públicamente y enviaba mensajeros delante de
sí que anunciaban su llegada (9:52;
10:1); avanzaba hacia el escenario de su gran sacrificio, y la
atención de la gente debía ser dirigida hacia él. Durante su estadía
en Perea, la multitud otra vez se reunió a su alrededor como lo
había hecho en los primeros días de su ministerio en Galilea (12:1).
Unos 3 meses antes de la Pascua subió a Jerusalén para asistir a la
fiesta de la Dedicación (Jn.
10:22). Las autoridades otra vez se acercaron a él en el templo,
exigiéndole: "Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente" (v
24). Después de una breve discusión, los judíos volvieron a
tomar piedras para apedrearle por hacerse Dios (vs
25-33). Un poco más tarde procuraron arrestarlo, 638 pero otra
vez escapó de sus manos y regresó a Perea (vs
39, 40). La muerte de Lázaro, pocas semanas antes de la
crucifixión, le hizo regresar brevemente a la región de Jerusalén,
donde realizó su milagro supremo, en presencia de una cantidad de
dirigentes judíos, que puso de manifiesto evidencias que los
sacerdotes no podían negar ni malinterpretar (11:1-44).
Este milagro estampó el sello de Dios sobre la obra de Jesús como el
Mesías, pero cuando los dirigentes de Jerusalén fueron informados al
respecto (vs
45, 46), decidieron quitar a Jesús de su camino en la
oportunidad que se les presentara (Jn.
11:47-53). Esta evidencia del poder sobre la muerte fue la
prueba culminante de que en la persona de Jesús, Dios había
realmente enviado a su Hijo al mundo para salvar a los hombres del
pecado y de su penalidad, la muerte. Los saduceos, que negaban una
vida después de la muerte, estaban sin duda completamente alarmados,
y se unieron con los fariseos en una decidida determinación de
silenciar a Jesús (cf
v 47). No deseando apresurar la crisis antes de tiempo, Jesús
otra vez se retiró de Jerusalén por una temporada (v
54).
7. Ministerio final en Jerusalén.
Unas pocas semanas después de la resurrección de Lázaro, Jesús
dirigió sus pasos una vez más hacia Jerusalén. Pasó el sábado en
Betania (Jn.
12:1) donde Simón le ofreció un banquete (Mt.
26:6-13; cf
Lc. 7:36-50). Por ese tiempo, Judas fue al palacio del sumo
sacerdote y se ofreció para traicionar a Jesús y entregarlo en sus
manos (Mt.
26:14,15). El domingo Jesús entró triunfalmente en Jerusalén,
manifestándose públicamente como el Mesías-Rey (21:1-11).
El entusiasmo del pueblo que había venido a Jerusalén para la Pascua
llegó a un punto muy alto y lo saludaron como rey. Sus discípulos
sin duda tomaron su aceptación de estos homenajes como prueba de que
sus acariciadas esperanzas estaban a punto de cumplirse, y la
multitud creyó que la hora de su emancipación del yugo romano estaba
por llegar. Jesús sabía que estos actos lo llevarían a la cruz, pero
era su propósito llamar públicamente la atención de todos al
sacrificio que estaba a punto de realizar. El lunes limpió el templo
por 2ª vez (Mt.
21:12-17), repitiendo al fin de su ministerio el mismo acto con
el que había iniciado su obra 3 años antes. Esto era un desafío
directo a la autoridad de los sacerdotes y gobernantes. Cuando
disputaron su derecho a actuar del modo en que lo hizo - "¿Con qué
autoridad haces estas cosas?" (v
23)- les contestó de modo que revelaron su incompetencia para
evaluar sus credenciales como Mesías (vs
24-27). Con una serie de parábolas (21:28-22:14)
describió el curso que los dirigentes judíos estaban tomando al
rechazarlo como el Mesías, y en sus respuestas a una serie de
preguntas que le hicieron (22:15-46)
refutó a sus críticos al punto de que ninguno de ellos se atrevió a
preguntarle más (v
46).
Después de exponer públicamente el carácter corrupto de los escribas
y fariseos, Jesús se apartó del templo para siempre (Mt.
23) declarando: "He aquí vuestra casa os es dejada desierta" (v
38); apenas el día anterior se había referido al templo como "mi
casa" (21:13).
Con esta declaración desheredó a la nación judía de la relación de
pacto. Le quitó "el reino de Dios" para darlo "a gente que produzca
los frutos de él" (v
43). Esa noche Jesús se apartó al monte de los Olivos, y a la
pregunta de 4 de sus discípulos (Mr.
13:3) bosquejó lo que todavía debía ocurrir antes del
establecimiento de su reino visible sobre la tierra (Mt.
24 y
25). El miércoles de la semana de la pasión lo pasó aislado con
sus discípulos. El jueves de noche celebró la Pascua con ellos, y a
su vez instituyó la Cena del Señor (Lc.
22:14-30;
Mt. 26:26-29;
Jn. 13:1-20). Después de la cena les dio extensos consejos
acerca del futuro y de su regreso (Jn.
14-16). Al entrar al jardín del Getsemaní, el peso de los
pecados del mundo cayó sobre él (Mt.
26:37) y le pareció que quedaba aislado de la luz de la
presencia de su Padre para experimentar la suerte del pecador: la
eterna separación de Dios. Torturado por ese temor -porque en su
humanidad no pudiera soportar el sufrimiento que estaba delante de
él- y angustiado por el rechazo de quienes habían venido a salvar,
fue tentado a abandonar su misión y dejar que la raza humana cargara
con las consecuencias de sus pecados (cf
Mt. 26: 39,
42). Pero bebió la copa del sufrimiento hasta las heces. Al caer
moribundo al suelo, sintiendo los sufrimientos de la muerte por
todos los hombres, un ángel del cielo vino a fortalecerle para
soportar las horas de tortura que quedaban delante de él (Mt.
26:30-56;
Lc. 22:43).
Esa noche Jesús fue arrestado y llevado primero ante las autoridades
judías (Jn.
18:13-24;
Mt. 26:57-75;
Lc. 22:66-71), y más tarde ante Pilato (Jn.
18:28-19:16) y ante Herodes (Lc.
23:6-12). Jesús fue condenado a muerte por algunos judíos, y la
sentencia recibió una vacilante ratificación del procurador romano.
Ese mismo día Jesús fue conducido para su crucifixión (Jn.
19:17-37). Con su muerte en la cruz, pagó la penalidad del
pecado y vindicó la justicia y la misericordia de Dios. Al pie de la
cruz, el egoísmo y el odio de un ser creado que aspiró ser igual a
Dios, pero que se interesaba muy poco en Dios al punto de estar
dispuesto a asesinar al Hijo de Dios, se enfrentaron cara a cara con
el abnegado amor del Creador, que se preocupó tanto por los seres
que había creado, que estuvo dispuesto a tomar la naturaleza de un
esclavo y morir la muerte de un criminal con el fin de salvarlos de
sus propios caminos perversos (3:16).
La cruz demostró que Dios podía ser tanto misericordioso como justo
cuando perdona a los hombres sus pecados (cf
Ro. 3:21-26). Jesús murió en la cruz más o menos a la hora del
sacrificio el viernes de tarde, y se levantó de entre los muertos el
siguiente domingo de mañana (Mt.
27:45-56;
28:1-15). Después de su resurrección, quedó en la Tierra un
tiempo más con el fin de que sus discípulos se familiarizaran con él
como un ser resucitado y glorificado. Sus repetidas apariciones (Lc.
24:13-45;
Jn. 20:19-21,
25; etc.) autenticaron la resurrección. Cuarenta días más tarde
ascendió al Padre, concluyendo así su ministerio terrenal (Lc.
24:50-53). "Subo a mi Padre y a vuestro Padre", dijo Jesús (Jn.
20:17). Sus instrucciones de despedida a sus seguidores eran que
debían Proclamar las buenas noticias del evangelio a todo el mundo (Mt.
28:19, 20). La confianza de que Jesús verdaderamente había
surgido de la tumba y había ascendido al Padre (Lc.
24:50-53) dio un poder dinámico al evangelio mientras los
apóstoles salieron a proclamarlo a todo el mundo conocido en esa
generación (Hch.
4:10;
2 P. 1:16-18;
1 Jn. 1:13). Acerca del ministerio de Cristo en los cielos como
el gran sumo sacerdote de los hombres, véanse Hebreos, Epístola a
los; Sacerdote.
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