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Capítulo 1
1.
En el principio.
[Prólogo al Evangelio de Juan, Juan 1: 1-18.] En la frase griega
falta el artículo definido, y, sin embargo, su significado es
inconfundible. Si en griego llevara aquí el artículo definido,
tendería a indicar algún momento particular de tiempo o "principio".
Sin el artículo definido y dentro del contexto de los vers. 1-3, la
frase denota el tiempo más remoto que se pueda concebir, antes de la
creación de "todas las cosas" (vers. 3), antes de todo y de
cualquier otro "principio". Es decir, la eternidad pasada.
El relato de la creación comienza con las palabras hebreas
equivalentes (ver com. Gén. 1: 1). Así como en Gén. 1 se expone la
naturaleza de la creación y el hecho de que el hombre fue
originalmente formado a la imagen de Dios, así también el prólogo
del Evangelio de Juan hace resaltar la naturaleza del Creador (vers.
1-4) y los medios por los cuales Dios se propuso que fuera posible
la nueva creación del hombre a la imagen divina (vers. 5-14). En Gén.
1: 1 se refiere al "principio" de este mundo. Pero el "Verbo" de
Juan 1: 1-4 es el Creador de todas las cosas y por lo tanto precede
al "principio" de Gén. 1: 1. De modo que "el principio" de Juan 1: 1
es anterior al "principio" de Gén. 1: 1. Cuando comenzó todo lo que
tuvo un principio, el "Verbo" ya "era".
Era.
Gr. 'n, una forma del verbo eimí, "ser", que expresa continuidad de
existencia, o "siendo". El Verbo era por toda la eternidad. Nunca
llegó a ser tal. Pero en el tiempo, el Verbo "fue hecho
[literalmente, 'llegó a ser', Gr. egéneto, una forma de gínomai,
'llegar a ser' que expresa una acción iniciada y completada en un
momento dado] carne" (vers. 14). De modo que Cristo siempre ha sido
Dios (Juan 1: 1; Heb. 1: 8); pero, por contraste, llegó a ser hombre
(Juan 1-14; cf. Fil. 2: 7). Tanto con el significado de las palabras
como con la forma de ellas, Juan hace resaltar la continua,
atemporal e ilimitada existencia de Cristo antes de su encarnación.
En la eternidad pasada no había un punto de referencia antes del
cual se pudiera haber dicho que no existía el Verbo. El Hijo existía
"con el Padre, desde toda la eternidad" (HAp 32). "Nunca hubo un
tiempo cuando él no haya estado en estrecha relación con el Dios
eterno" (Ev 446). Comparar con Apoc. 22: 13 donde Jesús se proclama
a sí mismo "el principio y el fin". El es "el mismo ayer, y hoy, y
por los siglos" (Heb. 13: 8).
La palabra gínomai, empleada en el vers. 14, aparece también en el
vers. 3 al referirse a la creación de todas las cosas (literalmente,
"todas las cosas por él llegaron a ser"). Jesús declaró: "antes que
Abraham fuese [Gr. gínomai, literalmente 'llegara a ser' o 'viniera
a ser'], yo soy [Gr. eimí]" (cap. 8: 58). El mismo 875 contraste
aparece en la LXX, en el Sal. 90: 2: "Antes que las montañas
llegaran a ser [Gr. gínomai], desde el siglo y hasta el siglo tú
eres [Gr. eimí] Dios".
En se emplea tres veces en Juan 1: 1. Primero, en cuanto a la
eternidad del Verbo; después, para referirse a su eterna unión con
el Padre, y, finalmente, para su eterna igualdad de naturaleza con
el Padre. El vers. 2 confirma la duración de este estado de ser por
toda la eternidad.
Verbo.
Gr. lógos, "palabra", o "exclamación", "dicho", "discurso",
"narración", "relato", "tratado", con énfasis en la disposición
sistemática y llena de significado de los pensamientos así
expresados. Aquí Juan emplea el término para designar a Cristo,
quien vino para revelar el carácter, la mente y la voluntad del
Padre, así como un discurso es la expresión de ideas. En la LXX
lógos se usa por lo general tanto para la acción creadora (Sal. 33:
6; cf. Gén. 1: 3, 6, 9, etc.) como para la expresión de comunicación
(Jer. 1: 4; Eze. 1: 3; Amós 3: 1) de la mente de Dios y de su
voluntad. Sin duda, estas formas de emplear lógos en el AT estaban
en la mente de Juan cuando escribió este pasaje. Dios ha expresado
su voluntad divina y su propósito mediante la creación y mediante la
revelación. Ahora (Juan 1: 14) lo ha hecho mediante la encarnación,
que es su revelación suprema y perfecta (ver Material Suplementario
EGW com. vers. 18). De modo que la palabra Lógos resume el tema
dominante del libro de Juan (ver cap. 14: 8- 10; com. "el Verbo era
Dios"; y la Nota Adicional del cap. 1). En el vers. 18, Juan
presenta su razón para hablar de Cristo como "el Verbo": él vino
para dar "a conocer" al Padre. La designación de Cristo mediante la
palabra Lógos en el NT es empleada únicamente por Juan, en su
Evangelio (cap. 1) y en 1 Juan 1: 1; Apoc. 19: 13. El término
identifica a Cristo como la expresión encarnada de la voluntad del
Padre de que todos los hombres sean salvos (1 Tim. 2: 4), como "el
pensamiento de Dios hecho audible" (DTG 11).
Con Dios.
Gr. pros ton theón. La palabra pros denota relación íntima y
compañerismo. Si Juan sencillamente hubiera querido decir que en el
principio el Verbo estaba en las proximidades de Dios, podría
haberse esperado que empleara la palabra pará, "al lado", o el
vocablo metá, "con" (cf. com. cap. 6: 46). Pero Juan se proponía
expresar más de lo que cualquiera de esas palabras podía significar
cuando escribió "abogado tenemos para con [Gr. pros] el Padre" (1
Juan 2: 1); no en el sentido de que Jesús sencillamente está en la
presencia del Padre, sino que está estrechamente relacionado con el
Padre en la obra de la salvación. Pros se usa en el mismo sentido en
Heb. 4: 13: "a quien tenemos que dar cuenta". Es decir, "con quien
tenemos que vérnoslas". La palabra aquí implica estrecha relación
personal en una empresa de interés mutuo e incumbencia de ambos. Cf.
Juan 17: 5.
El hecho de que el Verbo era "con Dios", es decir con el Padre,
enfáticamente declara que él era un ser completamente distinto del
Padre. Como lo aclara el contexto, el Verbo estaba relacionado con
Dios en un sentido único y exclusivo. El Verbo era "con Dios" en la
eternidad pasada, pero se hizo "carne" a fin de estar con "nosotros"
(ver com. vers. 14; cf. DTG 14-18). El era Emanuel, "Dios con
nosotros" (ver com. Mat. 1: 23). Es imposible comprender la
importancia de la encarnación a menos que se la proyecte en el telón
de fondo de la existencia eterna de Cristo como Dios y como
íntimamente unido a Dios (ver Material Suplementario EGW, com. Rom.
1: 20-25).
El Verbo era Dios.
En griego, la ausencia del artículo definido delante de la palabra
"Dios" hace que sea imposible traducir esta declaración como "Dios
era el Verbo". Traducirla así sería igualar a Dios con el Verbo,
limitando así la Deidad exclusivamente al Verbo. Los dos términos
"Verbo" y "Dios" no son enteramente intercambiables. Sería tan
erróneo decir que "Dios era el Verbo" como decir que "el amor es
Dios" (cf. 1 Juan 4: 16) o que "la carne fue hecha el Verbo" (cf.
Juan 1: 14). Aunque aquí, en el vers. 1, a la palabra "Dios" le
falta el artículo definido (lo cual en griego suele indicar que debe
añadirse el artículo indefinido), sin embargo tiene un sentido
definido. La declaración no se puede traducir "el Verbo era un
Dios", como si el Verbo fuera un Dios entre muchos otros dioses. En
griego, la ausencia del artículo con frecuencia hace resaltar una
cualidad expresada por una palabra o inherente a ella. Por lo tanto,
Juan quiere decir que el Verbo participaba de la esencia de la
Deidad, que era divino en el sentido máximo y absoluto. De esa
manera, en una breve declaración, Juan niega que el Verbo fuera un
Dios, uno entre muchos, o el Dios, como si él solo fuera Dios.
En el prólogo (vers. 1-18) Juan declara el 876 propósito que lo
guiaba al escribir el Evangelio: a saber, presentar al hombre Jesús
como a Dios encarnado (cf. 1 Juan 1: 1). Narrando un acontecimiento
y después otro, y registrando discurso tras discurso, Juan va
fielmente en pos de ese fin. En su conclusión, observa que su
propósito al escribir era guiar a otros para que creyeran "que Jesús
es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo" pudieran tener
"vida en su nombre" (Juan 20: 30-31). En la introducción de su
primera epístola, otra vez Juan se refiere a su experiencia personal
con "el Verbo" (1 Juan 1: 1-3). Así también, las palabras iniciales
del Apocalipsis declaran que éste es "la revelación de Jesucristo"
(cap. 1: 1). Ver Nota Adicional al fin del capítulo; com. Fil. 2:
6-8; Col. 2: 9.
Cristo es eternamente Dios en el sentido supremo y absoluto del
término (ver Nota Adicional al fin del capítulo). En cuanto a la
ficción de que Jesús fue meramente un gran hombre y un buen hombre,
ver com. Mat. 16: 16.
Las evidencias de la deidad de Cristo son muchas e irrefutables. Se
las puede resumir brevemente: (1) La vida que vivió (Heb. 4: 15; 1
Ped. 2: 22), (2) las palabras que habló (Juan 7: 46; 14: 10; cf.
Mat. 7: 29), (3) los milagros que realizó (Juan 5: 20; 14: 11), (4)
las profecías que se cumplieron en él (Luc. 24: 26-27, 44; Juan 5:
39; DTG 740). Ver DTG 372-373.
2.
Este.
Para dar énfasis, en el vers. 2 se repiten, en su esencia, los
hechos del vers. 1.
3.
Todas las cosas.
Una frase filosófica común que denota el universo entero (1 Cor. 8:
6; Col. 1: 16; cf. Heb. 1: 1-2; ver com. Juan 1: 9).
Por él.
Juan no pensaba en el Lógos, o "Verbo", en el sentido abstracto y
metafísico de la filosofía griega. La íntima relación de Cristo con
el Padre en la obra de la creación se presenta vez tras vez en el NT
(Rom. 11: 36; 1 Cor. 8: 6; Col. 1: 16-17; Heb. 1: 1-2; cf. Apoc. 3:
14). Aquí Juan presenta a Cristo como el Creador de todas las cosas,
así como en Juan 1: 14 lo hace resaltar como el instrumento de la
misericordia divina y de la gracia para la restauración o nueva
creación de todas las cosas. En la eternidad pasada, el Verbo no fue
una entidad pasiva e inactiva, sino que estuvo activa e íntimamente
relacionado con el Padre en el desarrollo y en el manejo de "todas
las cosas".
Fueron hechas.
Gr. gínomai, "llegar a ser", "llegar a existir", "aparecer" (ver
com. vers. 1). Juan describe la creación como un acto completo. Las
cosas materiales no son eternas; hubo un tiempo cuando "fueron
hechas".
Sin él.
La misma verdad presentada negativamente. El "Verbo" es Creador
única y exclusivamente.
4.
La vida.
Gr. zÇ', el principio de la vida compartido por todos los seres
vivientes, la antítesis de la muerte. Evidentemente, Juan también
piensa en la vida espiritual y, más particularmente, en la vida
eterna, a la cual tiene acceso aquel que recibe a Cristo y cree en
él (vers. 12). Debido al pecado, el hombre se separó de la fuente de
la vida, y, por lo tanto, se convirtió en súbdito de la muerte; pero
la esperanza de la vida eterna fue restaurada por medio de
Jesucristo (Rom. 5: 12, 18; 6: 23), y con ella todo lo que Adán
perdió debido a la transgresión. Ver Juan 10: 10; 11: 25; 14: 6. "En
Cristo hay vida original, que no proviene ni se deriva de otra" (DTG
489).
La luz de los hombres.
En griego, el artículo definido precede tanto a "vida" como a "luz"
y de ese modo equipara a "luz" con "vida". Durante mucho tiempo las
tinieblas espirituales habían envuelto a las almas de los hombres,
pero la "luz verdadera" (vers. 9) de la vida divina y de la
perfección divina ahora resplandece para iluminar el sendero de cada
hombre (cf. Isa. 9: 1-2). La luz del cielo no sólo brilla a través
de Cristo; él es esa luz (Juan 1: 9). Juan cita esta afirmación de
Jesús vez tras vez (Juan 8: 12; 9: 5; 12: 35, 46; cf. 1 Juan 1: 5-6;
2: 8). La luz siempre ha sido un símbolo de la presencia divina (ver
com. Gén. 3: 24). Dios inundó el mundo de luz en el primer acto de
la creación (Gén. 1: 3); así también cuando Dios emprende la obra de
volver a crear su imagen en las almas de los hombres, primero
ilumina sus corazones y mentes con la luz del amor divino (2 Cor. 4:
6). "Contigo", dice el salmista, "está el manantial de la vida; en
tu luz veremos la luz" (Sal. 36: 9).
5.
La luz.
Es decir, la luz del amor divino manifestado en el Verbo encarnado
(ver com. vers. 4).
Tinieblas.
Se refiere a las tinieblas espirituales del pecado, la oscuridad
mental de la ignorancia acerca del amor y la misericordia de Dios y
la inevitable perspectiva de muerte (ver Efe. 2: 12). La Luz de la
vida vino a este mundo para desvanecer esta mortaja de oscuridad
(ver 2 Cor. 4: 6).
No prevalecieron.
"No la comprendieron" (RVA). Gr. katalambánÇ, "aprehender",
"captar", 877 "aferrarse de", "comprender", ya sea literalmente con
las manos o con la mente, en forma figurada. Katalambáno se usa en
el sentido de "comprender" o "llegar a una conclusión" en Hech. 10:
34; 25: 25; Efe. 3: 18; pero, con más frecuencia, en el sentido de
"tomar", "agarrar", "coger" en Mar. 9: 18; Juan 8: 3-4; 12: 35; 1
Tes. 5: 4; etc. La palabra castellana "captar" refleja ambos matices
de significado. La traducción "no prevalecieron contra ella" (RVR) o
"no la vencieron" (BJ) lleva la idea del bien que triunfa sobre el
mal (cf. Efe. 6: 12; Col. 2: 15). Esta traducción quizá haya sido
influida por el concepto moderno de que el Evangelio de Juan refleja
el dualismo del mitraísmo y de los esenios (ver pp. 56, 94). Sin
embargo, la evolución del pensamiento en Juan 1: 9-12 favorece la
traducción "comprendieron", en el sentido de que las tinieblas de
las almas de los hombres -personificadas- no comprendieron ni
apreciaron la Luz de la vida (cap. 3: 19; cf. DTG 59).
6.
Enviado de Dios.
Con estas dramáticas palabras el evangelista afirma el origen divino
del testimonio del Bautista acerca del Mesías (ver com. Juan 1: 23;
cf. com. Amós 7: 14-15; Juan 4: 34).
Juan.
Es decir, Juan el Bautista. Juan el evangelista nunca se refiere a
sí mismo por nombre. Ver com. Mat. 3: 1-12; Luc. 3: 1-18. En cuanto
al significado del nombre, ver com. Luc. 1: 13.
7.
Diese testimonio.
En su estado de ceguera espiritual, en general los hombres se habían
olvidado de la luz y no estaban dispuestos a recibirla (vers. 10,
26). Sin embargo, la percepción espiritual de Juan lo condujo a que
reconociera al Mesías (vers. 32-34). Comparar con Isa. 6: 9; 2 Cor.
4: 4; Apoc. 3: 17-18.
Luz.
Gr. fÇs, una fuente de luz. Como resulta evidente por el contexto,
aquí se dice que Cristo es la luz, así como en el vers. 4 se dice
que él es el portaluz (ver com. vers. 4-5). Creyesen.
Esta palabra aparece más de cien veces en el Evangelio de Juan para
hacer resaltar la importancia vital de una respuesta positiva a la
voz de Dios.
8.
No era él la luz.
Ver com. vers. 20.
9.
Luz verdadera.
Es falsa toda otra llamada "luz" que no sea la que se origina con
Jesucristo (cf. Isa. 50: 11; Sant. 1: 17). Sin embargo, es probable
que Juan no use aquí la palabra "verdadera" en contraste con
"falsa", implicando que todas las luces son falsas y engañosas, pues
más tarde Cristo habló de Juan el Bautista como de "una antorcha
[Gr. lújnos, 'lámpara', 'portaluz', en contraste con fÇs, la luz
misma, ver com. vers. 71 que ardía y alumbraba" (cap. 5: 35). Pero
Juan el apóstol niega (cap. 1: 8) que Juan el Bautista fuera "la
luz" de la cual habla aquí. La diferencia entre Juan el Bautista y
Jesús no era la diferencia entre falso y verdadero, sino entre lo
parcial y lo completo (ver 1 Cor. 13: 10). El testimonio de Juan
podría compararse con el brillo del planeta Venus o el de Sirio (ver
com. Isa. 14: 12), pero en Jesús la luz de la verdad brillaba como
el sol del medio día (ver com. Mal. 4: 2; 2 Ped. 1: 19). Juan
también presenta a Jesús como el "verdadero pan" (cap. 6:32), la
"vid verdadera" (cap. 15: 1), la verdadera "puerta" (cap. 10:7-9) y
la verdad misma (cap. 14:6).
Alumbra a todo hombre.
Esto no significa que todos los hombres necesariamente son
iluminados por la luz, sino que si los hombres son iluminados, debe
ser por medio de esta luz (cf. Juan 6:68; Hech. 4:12). De Cristo
procede toda la luz que tienen los hombres (DTG 429-430). La luz
verdadera brilla sobre todos los hombres en el mismo sentido en que
Jesús murió por todos los hombres, pero esto no significa que todos
los hombres sepan en cuanto a él o que serán salvados. Juan aquí no
se refiere a una chispa vaga de luz que esté en las almas de todos
los hombres santos, pecadores y paganos por igual sino a la luz del
conocimiento salvador de Jesucristo (ver DTG 283). En los vers.
10-12 Juan aclara que, en el caso de la mayoría, "el mundo no le
conoció" y "los suyos no le recibieron". Por lo tanto, éstos no
fueron iluminados por la "luz verdadera". Por eso Juan se apresura a
añadir que sólo "los que le recibieron" y creyeron en él son
aquellos a quienes aquí se hace referencia (vers. 12; cf. DTG 283).
Venía a este mundo.
En el griego esta cláusula podría referirse a "todo hombre" (BJ) o a
la "luz verdadera". Otra vez se hace referencia (cap. 3:19) a que la
luz vino a este mundo. En cap. 5:43; 7:28; 10:10; 16:28; 18:37 (cf.
cap. 1:3 l; 6:14; 11:27) Jesús se refiere a su venida, no como un
bebé en Belén, sino a su papel como Mesías. En cap. 12:46 Jesús
dice: "Yo, la luz, he venido al mundo".
En cap. 1:10, Juan afirma que Cristo, la "luz verdadera", estaba en
el mundo. ¿No sería apropiado que él mencionara la venida de Cristo
al mundo en el versículo precedente? 878 Algunos han sugerido que si
la cláusula "venía a este mundo" se refiere a "todo hombre", sería
redundante, al paso que si se refiere a la "luz verdadera",
parecería añadir significado a la declaración y prepararía el camino
para la declaración acerca de la encarnación del vers. 14. Sin
embargo, la traducción "todo hombre que viene a este mundo" tiene
plena validez gramatical.
Mundo.
Gr. kósmos, generalmente el "mundo" teniendo en cuenta su orden
armonioso (ver com. Mat. 4:8). Juan usa kósmos unas 80 veces. Por
contraste, en los tres sinópticos sólo aparece 15 veces esta
palabra. Juan la usa para designar al mundo de los hombres,
especialmente los que se oponen a Dios y a la verdad.
10.
En el mundo.
Es decir, entre los hombres. Ver com. vers. 9.
Por él fue hecho.
Ver com. vers. 3.
No le conoció.
Es decir, "el mundo" no reconoció a Jesús como el Mesías, la "luz
verdadera". No sólo eso, sino que lo rechazó y lo crucificó. Ver
com. vers. 11.
11.
Lo suyo.
Gr. ta ídia, expresión idiomática que puede significar "su propia
casa" (ver Juan 16: 32; 19: 27; Hech. 21: 6; Material Suplementario
de EGW com. Juan 1: 1-3, 14). Probablemente, ésta no es una alusión
directa al rechazo de Jesús en Nazaret, su "hogar" literal, sino a
"la casa de Israel" en su conjunto (Mat. 10: 6; 15: 24; cf. Exo. 19:
5; Deut. 7: 6), la nación escogida. "Los suyos", en plural, es la
traducción exacta del plural Gr. hoi ídioi en el sentido de su
propio pueblo. Aunque los propios hermanos de Jesús (Juan 7: 3-5) y
los habitantes de su misma aldea (Luc. 4: 28-29) no aceptaron su
mesianismo, aquí probablemente Juan se refiere a los miembros de "la
casa de Israel" individualmente, y en particular a sus dirigentes.
Ellos eran "las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mat. 15: 24).
Ta ídia se refiere a cosas, mientras que hoz ídioi se refiere
específicamente a personas: vino a su casa, pero los miembros de la
familia no lo aceptaron.
No le recibieron.
El cuarto Evangelio a veces es llamado el "Evangelio del Rechazo"
porque se ocupa más plenamente que los otros Evangelios del proceso
mediante el cual los dirigentes de Israel rechazaron al Mesías (cap.
3: 11; 5: 43; 6: 66; 8: 13; 9: 29; 10: 25; 12: 37, 42; 19: 15; cte.).
Con seguridad, muchos corazones sinceros aquí y allá "le recibieron"
(cap. 1: 12; cf. 2: 11; 3: 2; 4: 29, 39, 42, 53; 6: 14; 7: 31,
40-41, 43; 8: 30; 10: 19, 42; 11: 45; etc.).
12.
A todos los que le recibieron.
No meramente como a un hombre o aun como a un profeta, sino como al
Hijo de Dios, al Enviado de Dios, al Mesías. Juan aquí presenta como
un error la creencia de que sencillamente porque Cristo murió por
todos los hombres, todos serán salvos. También presenta como
igualmente falsa la creencia de que Dios predestina a ciertos
hombres para que sean salvos y a otros para que sean condenados.
Enfáticamente, Juan declara que el factor decisivo radica en los
hombres mismos. "A todos" los que le reciben y creen en él se les da
el derecho de ser hijos. Acerca de la predestinación, ver com. Isa.
55: 1; Efe. 1: 5; Apoc. 22: 17.
A los que creen.
Ver com. vers. 7.
En su nombre.
Creer en el nombre de alguien significa creer lo que esa persona
dice. Los demonios creen que hay un Dios (Sant. 2: 19), pero esto es
completamente diferente de creer "en el nombre de Dios". La primera
es una vivencia intelectual; la segunda es moral y espiritual. Creer
en el nombre de Cristo es posesionarse de los recursos de la
salvación en Cristo Jesús. "La fe es la condición con la cual Dios
ha creído conveniente prometer el perdón a los pecadores. No hay
virtud alguna en la fe por la cual se pueda merecer la salvación,
pero la fe puede aferrarse de los méritos de Cristo, el remedio
concedido para el pecado" (EGW RH 4-11-1890).
"Nombre" se usa aquí en un sentido idiomático arameo; significa la
persona misma.
Potestad.
Gr. exousía, "autoridad", "derecho", "poder de elección"; no dúnamis,
"poder" o "fuerza". En cap. 5: 27 se traduce exousía muy
apropiadamente como "autoridad". Debido al pecado, el hombre había
perdido todos sus derechos y merecía la pena de muerte. El plan de
salvación hizo que el hombre recuperara la oportunidad de conocer a
Dios y de servirle por su propia elección.
De ser hechos.
"De hacerse" (BJ) o "de llegar a ser". Dios no hace arbitrariamente
a los hombres sus hijos. Los capacita para que lleguen a ser sus
hijos por su propia elección.
Hijos de Dios.
El griego dice: "niños de Dios". Expresión favorita de Juan (Juan
11: 52; 1 Juan 3: 1-2, 10; 5: 2), quien nunca -en el griego- usa
"hijos de Dios" cuando se refiere a cristianos. Llegar a ser "niño
de Dios" es aceptar la relación del pacto (ver com. Ose. 1: 10)
mediante el nuevo nacimiento (Juan 3: 3).
13.
Engendrados.
Ver com. cap. 3: 3-8. 879
No... de sangre.
Es decir, por nacimiento físico.
Voluntad de carne.
"Deseo de carne" (BJ). Quizá el deseo sexual.
Varón.
Gr. an'r, "un varón", quizá sea aquí referencia al deseo de tener
posteridad.
De Dios.
Los motivos humanos y los planes humanos no intervienen en el
nacimiento de que habla Juan. Sólo se parece al nacimiento físico en
el sentido de que ambos señalan el comienzo de una nueva vida (ver
com. Juan 3: 3-8; Rom. 6: 3-5). No se realiza mediante una
iniciativa o acción humana, sino es una creación completamente nueva
que depende plenamente de la voluntad y la acción de Dios mismo. El
es quien produce en nosotros "así el querer como el hacer, por su
buena voluntad" (Fil. 2: 13). Juan no excluye el libre albedrío del
hombre respecto a la conversión (ver com. vers. 12), ni tampoco
niega la necesidad de la cooperación humana con los instrumentos
divinos. Sencillamente afirma que la iniciativa y el poder son de
Dios.
14.
Fue hecho carne.
Desconcertado e incapaz de proseguir, el entendimiento limitado se
detiene ante el umbral del amor infinito, la sabiduría infinita y el
poder infinito. Pablo habla de la encarnación como de un gran
misterio (1 Tim. 3: 16). Ir más allá de los límites de lo que la
Inspiración ha hecho conocer, es sondear en misterios que la mente
humana no tiene la capacidad de comprender. Ver com. Juan 6: 51; 16:
28.
Juan ya ha afirmado la verdadera deidad de Cristo (ver com. vers.
1), y ahora afirma su verdadera humanidad. Cristo es divino en el
sentido absoluto y supremo de la palabra. También es humano en el
mismo sentido, con la excepción de que "no conoció pecado" (2 Cor.
5:21). Repetidas veces y enfáticamente las Escrituras proclaman esta
verdad fundamental (Luc. 1: 35; Rom. 1: 3; 8: 3; Gál. 4: 4; Fil. 2:
6-8; Col. 2: 9; 1 Tim. 3: 16; Heb. 1: 2, 8; 2: 14-18; 10: 5; 1 Juan
1: 2; etc.; ver com. Fil. 2: 6-8; Col. 2: 9). Aunque originalmente
Cristo era "en forma de Dios", él "no estimó el ser igual a Dios
como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo ['se
despojó de sí mismo', BJ]" y "hecho semejante a los hombres" estuvo
"en la condición de hombre" (Fil. 2: 6-8). En él estaba
corporalmente "toda la plenitud de la Deidad" (Col. 2: 9); sin
embargo, "debía ser en todo semejante a sus hermanos" (Heb. 2: 17).
"Desde los días de la eternidad, el Señor Jesucristo era uno con el
Padre" pero "prefirió devolver el cetro a las manos del Padre, y
bajar del trono del universo" a fin de "morar entre nosotros y
familiarizarnos con su vida y carácter divinos" (DTG 11, 14-15).
Las dos naturalezas -la divina y la humana- estaban misteriosamente
combinadas en una persona. La divinidad estaba revestida con la
humanidad, no había sido sustituida por ella. En ningún sentido
Cristo dejó de ser Dios cuando se hizo hombre. Las dos naturalezas
llegaron a ser íntima e inseparablemente una, y, sin embargo,
permanecieron distintas. La naturaleza humana no se convirtió en
naturaleza divina, ni la naturaleza divina en humana. Ver Nota
Adicional al fin del capítulo; com. Mat. 1: 1; Luc. 1: 35; Fil. 2:
6-8; Heb. 2: 14-17; Material Suplementario de EGW com. Juan 1: 1-3,
14; Mar. 16: 6; Fil. 2: 6-8; Col. 2: 9, Heb. 2: 14-17.
Cristo "tomó las desventajas de la naturaleza humana" (EGW ST
2-8-1905), pero su humanidad era "perfecta" (DTG 619-620). Aunque
como hombre podría haber pecado, ninguna mácula de corrupción o
inclinación a ella hubo sobre él; no tenía propensión al pecado (EGW
Carta 8, 1895; ver p. 1102). El fue "tentado en todo según nuestra
semejanza, pero sin pecado" (ver com. Heb. 4: 15; Nota Adicional al
fin del capítulo).
Habitó.
"Puso su Morada" (BJ). Gr. sk'nóÇ, "acampó", o "levantó tienda"
entre nosotros (cf. DTG 15). Cristo llegó a ser completamente uno de
nosotros para revelar el amor del Padre, para compartir nuestras
experiencias, para ponernos un ejemplo, para socorrernos en la
tentación, para sufrir por nuestros pecados y para representarnos
ante el Padre (ver com. Heb. 2:14-17). El Verbo eterno, que siempre
había estado con el Padre (ver com. Juan 1: 1), ahora había de
convertirse en Emanuel, "Dios con nosotros" (ver com. Mat. 1:23).
Gloria.
Gr. dóxa, aquí equivalente con el Heb. kabod, que se usa en el AT
para la "gloria" sagrada de la presencia permanente del Señor (ver
com. Gén. 3: 24; Exo. 13: 21; cf. com. 1 Sam. 4: 22). En la LXX se
emplea dóxa 177 veces por kabod. Juan y los demás discípulos dieron
su testimonio ocular del hecho histórico de que "aquel Verbo fue
hecho carne" (Juan 1: 14; ver cap. 21: 24; 1 Juan 1: 1-2). Sin duda,
Juan aquí piensa en casos tales como la transfiguración, cuando la
divinidad momentáneamente fulguró a través de la humanidad. 880
También Pedro habla de haber "visto" la "majestad" y la "magnífica
gloria" de Cristo en la transfiguración (2 Ped. 1: 16-18). Pedro
añade que esa gloria acompañó a la declaración: "Este es mi Hijo
amado". En cuanto a las varias ocasiones durante la vida de Jesús
cuando la gloria del cielo le iluminó el rostro, ver com. Luc. 2:
48. En Juan 17: 5 Jesús ora al Padre: "Glorifícame tú al lado tuyo,
con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese". La fe
cristiana se basa en el hecho de que esa "gloria" divina descansó
sobre una persona histórica, Jesús de Nazaret. En segundo lugar,
Juan quizá también tuvo en cuenta la perfección del carácter
ejemplificada por el Salvador (ver el comentario "De gracia y de
verdad").
Unigénito.
Gr. monogen's, de dos palabras que significan "único" y "clase", y
que por eso se traduce correctamente como "único", "único en su
género". Al igual que el título Lógos (ver com. vers. 1), sólo Juan
usa la palabra monogen's para referirse a Cristo (Juan 1: 18; 3: 16,
18; 1 Juan 4: 9). La ausencia del artículo definido en griego
convierte a monogen's en indefinido, "un único", o lo convierte en
una expresión cualitativa, en cuyo caso Juan habría dicho "gloria
como de único venido del lado del Padre". Evidentemente, éste parece
haber sido el sentido aquí. Ver com. Luc. 7: 12; 8: 42, donde
monogen's se traduce como "único" y "única" respectivamente.
En Heb. 11: 17 monogen's se usa para referirse a Isaac, el cual
estuvo lejos de ser el "unigénito" de Abrahán, y ni siquiera fue su
primogénito. Pero era el hijo de la promesa y como tal el destinado
a suceder a su padre como heredero de la primogenitura (Gén. 25:
1-6; Gál. 4: 22-23). Monogen's se refiere a la posición (único en su
género), pero no tiene nada que ver con nacimiento. "Así también
respecto a los cinco textos de los escritos de Juan que se refieren
a Cristo, la traducción debiera ser una de las siguientes: 'único',
'precioso', 'exclusivo', 'incomparable', 'el único de su clase',
pero no 'unigénito' " (Problems in Bible Translation, p. 198).
La traducción "unigénito", aquí y en otras partes, indudablemente se
originó con los primeros padres de la Iglesia Católica y entró en
las primeras traducciones de la Biblia al castellano por la
influencia de la Vulgata latina, texto oficial de la Biblia para la
Iglesia Católica. Reflejando con exactitud el griego, varios
manuscritos redactados en latín antiguo, anteriores a la Vulgata,
dicen "único" y no "unigénito". La idea de que Cristo "nació del
Padre antes de toda la creación" aparece por primera vez en los
escritos de Orígenes, por el año 230 d. C. Arrio, aproximadamente un
siglo más tarde, fue el primero en usar gegenn'ménon, la palabra
griega para referirse a Cristo, que corresponde a "engendrado", y en
afirmar que "fue engendrado de Dios antes de todos los siglos" (ver
Nota Adicional al fin del capítulo). Esta palabra griega nunca se
usó en la Biblia acerca de Cristo antes de la encarnación. La idea
de que Cristo fue "engendrado" por el Padre en algún momento de la
eternidad pasada es completamente extraña a las Escrituras. (Ver
Problems in Bible Translation, pp. 197-204.)
Debidamente entendida la condición singular de Cristo como Hijo de
Dios, la palabra monogen's distingue entre él y todos los otros que,
por medio de la fe en él, reciben la "potestad de ser hechos hijos
de Dios" (vers. 12) y de los cuales se declara específicamente que
son "engendrados... de Dios" (vers. 13). Cristo es, y siempre ha
sido, el mismo "Dios" (ver com. vers. 1), y en virtud de este hecho
recibimos la "potestad de ser hechos hijos de Dios" cuando recibimos
a Cristo y creemos en su nombre.
Es obvio que la declaración del vers. 14 se ocupa de la encarnación,
y su propósito es hacer resaltar que el Verbo encarnado retuvo la
naturaleza divina, como lo demuestra la manifestación de la gloria
divina anterior a la encarnación (cap. 17: 5). Aunque la palabra
monogen's significa, estrictamente hablando, "único" o "singular",
antes que "unigénito", sin embargo, Juan aquí la aplica a Cristo en
su encarnación, en el tiempo cuando el Verbo se hizo (se transformó
en) carne a fin de habitar entre nosotros. Pablo confirma esta
aplicación en Heb. 1: 5-6, cuando une las palabras gegénn'ka, "he
engendrado" (de gennáÇ, "engendrar") y prÇtótokos, primogénito (de
pro, "antes" y tíktÇ, "engendrar"), con el tiempo "cuando [Dios]
introduce al Primogénito en el mundo", Por lo tanto, parece
completamente injustificable entender que monogen's se refiere a un
misterioso engendramiento del "Verbo" en algún momento de la
eternidad pasada. En cuanto a Cristo como el Hijo de Dios, ver com.
Luc. 1: 35; y como el Hijo del hombre, ver com. Mat. 1: 1; Mar. 2:
10; también el Material Suplementario de EGW, com. Fil. 2: 6-8; Col.
2: 9. 881
Del Padre.
Gr. pará patrÇs, literalmente "con el Padre" o "al lado del Padre",
aquí probablemente con la fuerza de "procedente del lado del Padre".
La preposición griega para a veces tiene la fuerza de, ek "fuera
de", "desde", que aquí concuerda con el contexto. El Verbo encarnado
había procedido de la presencia del Padre cuando vino a este mundo.
Ver com. cap. 6: 46.
Lleno.
Esto claramente se aplica al Verbo encarnado. Morando en la tierra
como un hombre entre los hombres, el Verbo estaba "lleno de gracia y
de verdad".
De gracia y de verdad.
Gr. járis y al'theia. Járis aquí significa "buena voluntad",
"benevolencia", "favor inmerecido", "misericordia". Al'theia se
refiere a la "verdad" en cuanto al amor de Dios el Padre por los
pecadores tal como se reveló en el plan de salvación y en el
Salvador encarnado. Aquí járis es equivalente al Heb. jésed (ver
Nota Adicional com. Sal. 36; com. Job 10: 12), así como al'theia
corresponde con el Heb. 'émeth, "fidelidad", "confiabilidad". Como
"misericordia" y "verdad", estas palabras aparecen juntas en el AT,
dentro de un marco claramente mesiánico, en Sal. 85: 10-11. Fueron
esos atributos de Dios los que especialmente Cristo vino a revelar.
Mientras estuvo en la tierra, estuvo "lleno" de ellos, y así pudo
dar una revelación plena y completa del Padre. Dios es siempre fiel
a su propio carácter, y su carácter se revela más completamente en
su misericordia o gracia.
Quince siglos antes de la encarnación, Dios había instruido a los
israelitas para que le construyeran un "santuario", o tienda, a fin
de que pudiera habitar "en medio de ellos" (Exo. 25: 8). Así como en
el pasado la presencia divina había aparecido en la forma de la
gloria por encima del propiciatorio, sobre el arca, y en otras
partes (ver com. Gén. 3: 24; Exo. 13: 21), así también ahora la
misma gloria se había manifestado en la persona de Jesús. Juan y sus
discípulos fueron testigos oculares de este hecho, y para ellos ésta
era una evidencia incontestable de que Jesús provenía del Padre. Una
gloria tal no podría haber provenido de otra fuente.
Es digno de notarse que en hebreo la palabra mishkan, "morada",
"tienda", "tabernáculo", se deriva de shakan, "morar", "habitar". En
griego sk'n' "tienda", "tabernáculo", también se relaciona con
sk'nóÇ, "acampar", "hacer un tabernáculo", y, por lo tanto, "morar"
o "habitar". En lo pasado la gloria divina, la santa "presencia",
había morado entre el pueblo escogido en el tabernáculo literal.
Ahora, así lo dice Juan, la misma gloriosa "Presencia", Dios mismo,
había venido para morar entre su pueblo en la persona de nuestro
Señor y Salvador, Jesucristo. Se piensa que la "gloria" de que habla
Pablo en Rom. 9: 4 debe identificarse con la gloria de la presencia
divina sobre el arca del pacto, como también posiblemente la "nube
de luz" que apareció durante la transfiguración (Mat. 17: 5). En el
pasaje claramente mesiánico de Isa. 11: 1-10 se predice la venida
del Mesías, y de él se dice literalmente, que "su habitación será
gloriosa". De acuerdo con Sal. 85: 9-10, el día de salvación traería
nuevamente la "gloria" de Dios para habitar en "la tierra", y en ese
tiempo la "misericordia [o gracia, Heb. jésed, ver Nota Adicional
com. Sal. 36] y la verdad [Heb. 'émeth, 'fidelidad',
'confiabilidad']" se encontrarían (ver DTG 710). Las mismas dos
palabras, jésed y 'émeth, "misericordia" y "piedad", se vinculan en
la proclamación del "nombre" de Jehová, cuando a Moisés se le
permitió que contemplara su ",gloria [Heb. kabod]" (ver com. Exo.
33: 22; 34: 6). Estos y otros pasajes mesiánicos del AT encuentran
un paralelisrno muy estrecho con Juan 1: 14, donde -en la
encarnación- la gloria que podría haber procedido únicamente de la
presencia del Padre se manifestó en el Verbo encarnado y "habitó
entre nosotros", "lleno de gracia [misericordia], y de verdad".
Cada fase principal de la vida de Cristo jugó un papel importante en
la obra de la salvación. Su nacimiento virginal reunió las apartadas
familias de la tierra y del cielo. Jesús trajo a la Deidad a la
tierra a fin de que pudiera llevar consigo la humanidad de vuelta al
cielo. Su vida perfecta como hombre nos da un ejemplo de obediencia
(Juan 15: 10; 1 Juan 2: 6) y santificación(Juan 17: 19). Como Dios,
nos imparte poder para obedecer (Rom. 8-34). Su muerte vicaria hizo
posible que nosotros disfrutáramos de un tiempo de prueba (CMC 143)
y que él justificara a "muchos" (Isa. 53: 5, 11; Rom. 5: 9; Tito 2:
14). Por fe en su muerte somos liberados de la culpa del pecado, y
por fe en su vida, del poder del pecado,(Rom. 5: 1, 10; Fil. 4: 7).
Su gloriosa resurrección nos asegura que un día nosotros también
seremos "revestidos" de inmortalidad (1 Cor. 15: 12-22, 51-55). Su
ascensión confirma su promesa 882 de que volverá y nos llevará
consigo ante el Padre (Juan 14: 1-3; Hech. 1: 9-11) y así completará
la obra de salvar a "su pueblo". Estos cinco aspectos de la misión
de Cristo en la tierra fueron anticipados en las profecías (Isa. 9:
6-7; 53; 61: 1-3; Sal. 68: 18).
15.
Juan dio testimonio.
Literalmente "Juan da testimonio" (BJ), o "Juan testifica". Había
pasado más de medio siglo desde el martirio de Juan el Bautista,
pero su testimonio acerca de Cristo resonaba a través de los años.
Se cumplió en él, así como también fue en el caso de Abel, que
"muerto, aún habla" (Heb. 11: 4; cf. Juan 1: 19-36; 3: 27-36; ver
com. Mat. 3: 11-12; Luc. 3: 15).
Este es de quien.
El Bautista identifica a Jesús como al único de quien había hablado
desde el comienzo de su ministerio (vers. 27, 30).
Después de mí.
Es decir, en cuanto a tiempo.
Es antes.
"Se ha puesto delante de mí" (BJ). Literalmente "ha llegado a ser",
o aquí "ocupa la prioridad". Juan nunca cuestionó la superioridad,
jerarquía y dignidad del Mesías (ver cap. 3: 28-31).
De mí.
Gr. émprosthen mou, "delante de mí". Es decir, en grandeza relativa.
Era primero que yo.
Es decir, en cuanto a tiempo. "Existía antes que yo" (BJ). En vista
de que Juan era unos seis meses mayor que Jesús, aquí claramente se
hace referencia a la existencia de Jesús anterior a su encarnación.
Algunos traductores y comentadores consideran el vers. 15 como una
interpelación que interrumpe la línea de pensamientos entre los vers.
14 y 16. Sin embargo, el apóstol manifiestamente introduce aquí el
testimonio del Bautista para confirmar el testimonio ya mencionado
de los discípulos en el vers. 14 en cuanto a la excelsa posición de
Cristo y su preexistencia. La importancia dada por la iglesia
primitiva al testimonio del Bautista refleja las explícitas
declaraciones de nuestro Señor (ver Juan 5: 32-36; cf. Mat. 11: 11).
16.
Su plenitud.
Ver com. Juan 1: 14; cf. Col. 1: 19; 2: 9; Efe. 3: 19; 4: 13.
Gracia sobre gracia.
Quizá con el significado de "gracia añadida a gracia". Día tras día,
cada verdadero creyente va al almacén celestial en procura de gracia
divina suficiente para afrontar las necesidades del día. Diariamente
crece en gracia y comprensión del propósito de Dios para su vida (cf.
2 Ped. 3: 18). Avanza constantemente hacia la meta de un carácter
perfecto (Mat. 5: 48).
17.
La ley.
Es decir, el sistema de religión revelada bajo el cual vivían los
judíos en los tiempos del AT. Este sistema fue divinamente ordenado
pero fue gradualmente pervertido por la tradición humana (ver com.
Mar. 7: 9-13). En los días de Cristo, el término "ley" no sólo
incluía el Decálogo sino todo lo que Moisés y los profetas habían
escrito (Luc. 24: 27, 44), pero tal como lo interpretaban los
rabinos. En sí misma y por sí misma, tal como fue dada originalmente
por Dios, "la ley" era buena (cf. Rom. 3: 1-2). Tenía el propósito
de conducir a los hombres a la salvación por medio de la fe en el
Mesías venidero (Juan 5: 39, 45-47; Luc. 24: 25-27, 44). El hecho de
que algunos hubieran "sido incrédulos" (Rom. 3: 3), y buscaran la
salvación "por obras de la ley" (cap. 9: 32) y no por la fe -y como
resultado no pudieron entrar en el reposo espiritual que Dios quería
para ellos (Heb. 3: 18-19; 4: 2)- no significa que fuera defectuoso
el sistema mismo tal como fue ordenado por Dios. Toda obra de Dios
es "perfecta" (Deut. 32: 4). Hubo muchos en los tiempos del AT que
"alcanzaron buen testimonio mediante la fe" (Heb. 11: 39). En
realidad, nunca ha habido otra forma de lograr "buen testimonio"
sino "mediante la fe".
Acerca de la manera en que la tradición humana había pervertido el
plan de salvación haciendo resaltar las formas de la religión antes
que sus propósitos espirituales y morales, ver com. Mar. 7: 1-13. En
cuanto a la exposición hecha por Cristo del verdadero espíritu de la
ley en su aplicación a los problemas de la vida diaria, ver com.
Mat. 5: 17-22. En lo que atañe a la palabra "ley", ver com. Gál. 3:
24. Acerca del significado de la salvación en los días del AT, ver
com. Eze. 16: 60.
Por medio de Moisés.
"La ley" no se originó con Moisés sino con Dios. Moisés fue
sencillamente el instrumento por medio de quien fue impartida a los
hombres la voluntad revelada de Dios (ver Deut. 5: 22 a 6: 1; Heb.
1: 1).
Pero.
Esta palabra ha sido añadida por los traductores. Implica un
contraste más vigoroso entre "ley" y "gracia" que el que
evidentemente se propuso Juan. Juan no tiene el propósito de
insinuar que era malo el sistema revelado por medio de Moisés, en
comparación con el que ahora era revelado por medio de Cristo, sino
que, aunque era bueno el sistema de Moisés, el de Cristo es mejor
(ver Heb. 7: 22; 8: 6; 9: 23; 10: 34).
La gracia y la verdad.
Ver com. vers. 14, 16. 883 Estos atributos divinos eran inherentes
en el sistema de religión revelada en los días del AT (Exo. 34:
6-7), pero en la práctica habían desaparecido bajo una gruesa capa
de tradiciones humanas. El contraste entre "ley" y "gracia" no es
tanto un contraste entre el sistema de religión en los días del AT
que anticipaba un Mesías venidero y el que fue revelado por Cristo (cf.
Heb. 1: 1-2), como entre la interpretación pervertida que los
rabinos, exponentes oficiales de la ley, habían colocado sobre la
gracia y la verdad de Dios reveladas (cf. Rom. 6: 14-15; Gál. 5: 4),
y la verdad tal como era revelada por Jesucristo.
Al afirmar que la "verdad" viene por medio de Cristo, Juan lo
identifica como la realidad que era señalada por todos los símbolos
y ceremonias del AT, que no eran más que una sombra de los bienes
venideros. En Cristo el símbolo halla su cumplimiento en la realidad
(Col. 2: 16-17). En ningún sentido Juan indicó que el sistema del AT
era falso o erróneo.
Por medio de Jesucristo.
Era Cristo quien había hablado por medio de Moisés y de los profetas
(1 Ped. 1: 9-10; PP 381). Ahora se aparecía en persona para
confirmar las grandes verdades eternas reveladas a esos santos
hombres de la antigüedad y para restaurarlas a su lustre original
sin las manchas de la tradición humana (ver com. Mat. 5: 17-19).
Vino para revelar al Padre en su verdadero carácter (cf. Exo. 34:
6-7), para convencer a los hombres de que practicaran justicia y
misericordia y se humillaran ante Dios (Miq. 6: 6-8). Aquel que
habló "en otro tiempo a los padres por los profetas", ahora hablaba
a los hombres por medio de su propio Hijo (Heb. 1: 1-2).
Por primera vez, aquí Juan se refiere a nuestro Señor con el nombre
histórico, Jesucristo (ver com. Mat. 1: 1). El "Verbo" eterno se ha
encarnado -como hombre entre los hombres- y por eso, a partir de
este pasaje, Juan habla de él como tal.
18.
A Dios nadie le vio.
Es decir, al Padre (cf. PP 381). Los pecadores no pueden ver a Dios
cara a cara y vivir. Ni aun a Moisés, el gran legislador de Israel,
se le permitió que lo contemplara (Exo. 33: 20; Deut. 4: 12).
Algunos han contemplado la gloria, de la presencia divina (ver com.
Juan 1: 14), pero, a no ser en visión, nadie ha visto a la persona
divina (cf. Isa. 6: 5). Cristo vino para revelar al Padre, y
prácticamente los que lo vieron a él vieron al Padre (Juan 14: 7-11;
ver cap. 5: 37; 6: 46).
Hijo.
Ver com. cap. 1: 14; 3: 16. La evidencia textual favorece (cf. p.
147) el texto "único Dios". De todos modos, la referencia sería a
Cristo. Si se acepta la variante "Dios", el sentido sería: "El
único, el mismo Dios, el que habita en el seno del Padre", o "el
único [quien es] Dios, el que habita en el seno del Padre".
En el seno.
Probablemente, una expresión idiomática que indica la más íntima
relación posible (cf. cap. 13: 23). El que conoce mejor al Padre es
el mismo que vino del cielo para darlo a conocer a los hombres (cap.
14: 7-9).
Le ha dado a conocer.
Gr. ex'géomai, "relatar", "explicar", "revelar", "interpretar".
Nuestra palabra "exégesis" proviene de esta misma palabra griega.
19.
El testimonio de Juan.
[Jesús es declarado "el Cordero de Dios", Juan 1:19-34. Ver mapa p.
206.] Es decir, su testimonio concerniente a Cristo: (1) cuando la
delegación procedente de Jerusalén vino a preguntarle (vers. 19-28),
(2) el día siguiente, cuando públicamente identificó a Jesús como
"el Cordero de Dios" (vers. 29-34), y (3) el tercer día, cuando en
privado indicó a dos de sus discípulos quién era Jesús (vers.
35-36). Juan el evangelista comienza su narración evangélica con un
relato del testimonio del precursor del mesianismo de Jesús de
Nazaret. Cf. Mat. 3: 1-2; Mar. 1: 1-4; Luc. 3: 1-6; Hech. 10: 37-38;
ver com. Luc. 3: 15-18.
Cuando los judíos enviaron.
Es decir, el sanedrín, la autoridad suprema de los judíos en ese
tiempo (cf. cap. 5: 15-18; 7: 13; 9: 22; 18: 12; ver p. 68). Las
preguntas que se le hicieron a Juan reflejan la elevada estima en
que por lo general le tenía la gente (Mat. 14: 5; 21: 26) y cómo los
dirigentes respetaban la creencia popular de que era un profeta, y
que aun quizá podía ser el Mesías (Luc. 3: 15). Son evidentes los
alcances de la influencia de Juan por el hecho de que su audiencia
incluía no sólo a grandes multitudes del común del pueblo (Mat. 3:
5), sino también a los dirigentes religiosos (vers. 7) y políticos
(Mat. 14: 4; DTG 185) de la nación. La excitación había alcanzado
tal magnitud, que el sanedrín ya no podía eludir más la cuestión.
Sin duda, el pueblo había presionado a sus dirigentes para que
dieran una respuesta a las mismas preguntas con que la delegación
ahora interrogaba a Juan. Posiblemente (ver com. Juan 1: 25) los
dirigentes reconocían el derecho de un profeta -como portavoz
directo de Dios- para que enseñara sin la autorización de ellos, una
vez que hubiera reconocida 884 la validez de sus credenciales (ver
com. Mat. 12: 38; 16: 1). En todos los otros casos, ejercían el
derecho de fiscalizar todas las enseñanzas públicas (ver Mishnah
Sanhedrin 11).
De Jerusalén.
Quizá a unos 40 km de distancia.
Sacerdotes y levitas.
Ver com. Exo. 28: 1; Deut. 10: 8. Aunque la mayoría de los
sacerdotes y levitas eran saduceos, esta delegación estaba compuesta
de fariseos (ver com. Juan 1: 24), quizá porque sentían más
preocupación por el asunto. Así también posteriormente fueron los
fariseos quienes acosaron a Jesús. Quizá se determinó que sacerdotes
y levitas fueran los que interrogaran a Juan por consideración a que
su padre había sido sacerdote y su madre hija de un sacerdote (Luc.
1: 5). Juan mismo tenía opción al sacerdocio, y por lo tanto podía
llegar a ser maestro.
¿Tú, quién eres?
No se preocupaban por la identidad de Juan como individuo, sino por
su autoridad para predicar y enseñar (vers. 25). Posteriormente, las
autoridades formularon la misma pregunta a Jesús (cap. 8: 25). Quizá
la delegación en cierta medida esperaba que Juan pretendiera que era
el Mesías. Sin duda, su pregunta reflejaba esa suposición, pues la
respuesta de Juan fue una categórica negativa de semejante
pretensión (cap. 1: 20; cf. DTG 108).
20.
Confesó.
La categórica negación de Juan de que él fuera el Mesías decidió ese
aspecto de la cuestión. En forma característica, Juan el evangelista
enfatiza esta declaración afirmativa con una proposición negativa
correspondiente: "y no negó" (cf. Juan 1: 3; 3: 16; 6: 50; 1 Juan 1:
5; 2: 4).
Yo no soy el Cristo.
La construcción de esta oración es enfática. Es como si Juan hubiera
dicho: "yo mismo no soy el Cristo".
21.
¿Qué pues?
La negación de Juan dejó sin respuesta la pregunta básica en cuanto
a su autoridad para predicar.
¿Eres tú Elías? Era popular la creencia de que Elías aparecería en
persona para proclamar la venida del Mesías (Mat. 17: 10; DTG 390;
cf. Mishnah Shekalim 2.5; Eduyoth 8. 7; Baba Mezia l. 8; 2. 8; 3.
4-5).
No soy.
Juan afirmó que él había venido para hacer la obra que los profetas
de la antigüedad habían predicho que haría Elías (Juan 1: 23; cf.
Mal. 3: 1; 4: 5; Mar. 1: 2-3), pero habría sido mal comprendido si
hubiera pretendido que era Elías. Se había predicho de Juan que iría
delante del Mesías "con el espíritu y el poder de Elías" (Luc. 1:
17). En cuanto a la declaración de Cristo de que Juan era Elías, ver
com. Mat. 11: 14; 17: 12.
El profeta.
Es decir, el profeta predicho por Moisés en Deut. 18: 15 (ver allí
el comentario). Había una creencia popular de que Moisés sería
resucitado de los muertos, y sin duda alguna se preguntaban si Juan
podía ser él (DTG 108). Posteriormente, la gente pensó lo mismo de
Jesús (Juan 6: 14; 7: 40; cf. Hech. 3: 22; 7: 37).
22.
¿Quién eres?
La pregunta ahora era general y no específica (ver com. vers.
19-21).
Respuesta.
Hasta ahora las preguntas sólo habían logrado respuestas negativas.
Ahora los sacerdotes y levitas procuraron que Juan diera una
declaración positiva.
Los que nos enviaron.
Es decir, el sanedrín de Jerusalén (ver com. vers. 19).
23.
Yo soy la voz.
Ver com. Mat. 3: 3. Aquí Juan parece consignar las palabras exactas
del Bautista, pues la cita que aquí se registra parece provenir
directamente, de memoria, del hebreo. De otra manera, como en el
caso de los sinópticos, probablemente provendría de la LXX. Se
declara que Jesús es "el Verbo" (Juan 1: 1-3, 14); el Bautista
pretendía ser sólo una "voz". Tan sólo era el portavoz de Dios;
Jesús era el Verbo encarnado.
El camino del Señor.
Juan insinúa que los dirigentes de Israel deberían desviar su
atención de aquel enviado para ser heraldo de la venida del Mesías y
comenzar a buscar al Mesías mismo.
24.
De los fariseos.
Es decir, eran de la secta conocida como fariseos. Algunos han
sugerido que la delegación estaba compuesta por saduceos enviados
por los fariseos, pero parece no haber razón valedera para aceptar
esta interpretación. Lo que dice en griego hace resaltar que la
delegación estaba compuesta de individuos que eran "de" los
fariseos, es decir que "pertenecían a" ellos. Ver com. vers. 19.
25.
¿Por qué, pues, bautizas?
Este era el punto crucial de la cuestión: la autoridad de Juan.
Siendo que no pretendía ser el Mesías ni ninguno de los profetas,
¿qué autoridad tenia para presentarse como un reformador sin el
permiso de las autoridades religiosas? Ver com. vers. 19. La
pregunta implica conocimiento del rito de bautismo con agua, y a lo
menos una comprensión parcial de su significado (ver com. Mat. 3:
6). Descubrimientos realizados en Qumrán revelan que en ese 885
tiempo se practicaban lavamientos e inmersiones con agua (ver com.
Mat. 3: 6; ver pp. 64, 93). Acerca del rito del bautismo, ver Mat.
3: 6; Rom. 6: 3-6.
26.
Yo bautizo.
Ver com. Mat. 3: 11.
Está uno.
Jesús había sido bautizado (cf. vers. 29-34) por lo menos 40 días
antes de esto, y acababa de volver del desierto (ver com. Mat. 3: 13
a 4: 11; cf. DTG 110). Mientras Juan hablaba, vio a Jesús, y
esperaba que éste respondiera al anuncio que aquél había hecho (DTG
110).
El Evangelio de Juan no dice nada acerca del bautismo de Jesús. Una
explicación del silencio de Juan en cuanto a éste y a otros hechos
importantes, es que él daba por sentado que sus lectores ya conocían
esos hechos por los Evangelios sinópticos. En cuanto al bautismo de
Cristo, ver com. Mat. 3: 13-17.
A quien vosotros no conocéis.
La palabra "conocéis" proviene del Gr. óida. Más de tres años
después los sacerdotes y ancianos declararon que no "sabían" (Gr.
óida) si Juan el Bautista era un emisario del cielo (Mat. 21: 27).
Los sacerdotes y levitas que habían llegado para interrogar a Juan
miraron atentamente al auditorio, pero no vieron a nadie a quien
pudieran aplicar la descripción hecha por Juan (DTG 109). Pero Juan
hablaba principalmente de reconocer a Jesús como el Mesías de la
profecía. En las tinieblas de sus almas, esos guías espirituales no
habían captado la verdadera Luz (ver com. Juan 1: 5), no la
reconocieron (vers. 10) y, por lo tanto, no "recibieron" a Jesús (vers.
11; cf. vers. 31-33; cap. 8: 19; 14: 7, 9; 16: 3). Ni ellos ni los
que los enviaron pudieron llegar a una decisión que pudiera
anunciarse públicamente, y por ello no quisieron comprometerse (ver
com. Mat. 21: 23-27).
27.
Este es.
La evidencia textual establece (cf. p. 147) la omisión de "este es".
En el griego este versículo no constituye una nueva oración, sino
una cláusula descriptiva de "a quien vosotros no conocéis". La
inserción "este es" entró en las Biblias en castellano mediante la
influencia de la Vulgata latina. Por lo tanto, la primera parte del
vers. 27 debiera leerse: "que viene detrás [o 'después'] de mí" (BJ).
Después de mí.
Ver com. Mat. 3: 11.
El que es antes de mí.
La evidencia textual establece (cf. p. 147) la omisión de esta frase
aquí, pero establece su presencia en los vers. 15 y 30.
No soy digno.
Ver com. Mat. 3: 11.
28.
Betábara.
La evidencia textual se inclina por (cf. p. 147) la variante
"Betania" (BJ), llamada "Betania más allá del Jordán" para
distinguirla de la Betania cerca de Jerusalén. El nombre "Betábara"
fue usado por Orígenes (c. 250 d. C.), el cual en sus días no
encontró ningún pueblo cerca del Jordán de nombre Betania, pero sí
encontró uno que entonces se conocía como Betábara. En los tiempos
modernos, ninguno de esos lugares ha sido identificado. Hay un vado
llamado Abarah, a unos 20 km al sur del mar de Galilea, pero está
demasiado el norte. Betábara quizá se deba a una transposición de
letras por la cual Beth-'arabah se convirtió en Beth-'abarah. Había
un pueblo en los límites de Juda y Benjamín de nombre Bet-arabá (Jos.
15: 6, 61; 18: 22), pero no está junto al río. Betábara,
literalmente "casa para cruzar", sería un nombre apropiado para una
aldea cercana a cualquiera de los muchos vados que cruzan el Jordán.
El lugar tradicional del bautismo de Jesús está cerca de Bet-hogla,
ahora Ein-hayla, a unos 6 km al sureste de Jericó. Ver mapa p. 206;
también el mapa frente a la p.961 en el t.I.
29.
El siguiente día.
Es decir, el día después de los sucesos de los vers. 19-28. Juan se
caracteriza por una información detallada y, con frecuencia,
cronológicamente precisa (cap. 1: 29, 39, 43; 2: 1, 12; 4: 43; 6:
22; 11: 6, 17; 12: 1, 12; 20: 26).
Vio Juan a Jesús.
La delegación procedente de Jerusalén se había retirado. Sin duda,
los que la componían no tomaron en serio a Juan, pues de lo
contrario habrían continuado con su investigación para descubrir, de
ser posible, de quién hablaba él (vers. 26). El día anterior Jesús
no había sido identificado como el Mesías, a pesar de la referencia
indirecta hecha por Juan (vers. 26). Ahora lo hace resaltar entre la
multitud.
He aquí.
¡Qué privilegio ser el primer heraldo de Jesús (ver com. Mat. 3: 1),
de Aquél de quien dieron testimonio todos los profetas de la
antigüedad, como el verdadero sacrificio! ¡Cuál de los profetas no
se hubiera conmovido ante ese privilegio! No es de extrañarse que
más tarde Jesús hablara de Juan como del profeta mayor que hubo en
Israel (Luc. 7: 28).
Cordero de Dios.
Es decir, el Cordero proporcionado por Dios. Sólo Juan designa así a
Cristo, aunque Lucas (Hech. 8: 32) y Pedro (1 Ped. 1: 19) emplean
comparaciones similares 886 (cf. Isa. 53: 7). Juan el Bautista
presenta a Jesús como "el Cordero de Dios" a Juan el evangelista
(ver com. Juan 1: 35-36), y para el discípulo este título debe haber
tenido un profundo significado. El símbolo -que hace resaltar la
inocencia de Jesús y su perfección de carácter, y por ende la
naturaleza vicaria de su sacrificio (Isa. 53: 4-6, 11-12; ver com.
Exo. 12: 5)- hace recordar el cordero pascual de Egipto, que
simbolizaba la liberación del yugo del pecado. "Nuestra pascua, que
es Cristo, ya fue sacrificada" (1 Cor. 5: 7). Mediante la figura de
un cordero, Juan identifica al Mesías sufriente como aquel en quien
se hace real y tiene significado el sistema de sacrificios de los
tiempos del AT. En la presciencia divina y en el propósito de Dios,
él era el "Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apoc.
13: 8).
En vista de que en el pensamiento judío de esa época no había lugar
para un Mesías sufriente, los críticos dudan que Juan pudiera haber
sostenido un concepto tal (ver Juan 12: 34; cf. Mar. 9: 31-32; Luc.
24: 21). Pero, como Robertson bien ha dicho (Word Pictures in the
New Testament, com. Juan 1: 29), "ciertamente el Bautista no tenía
por qué ser tan ignorante como los rabinos". Juan tenía la profecía
mesiánica de Isa. 53 (ver com. Isa. 53: 1, 4-6; DTG 109). Además,
hubiera sido extraño que Dios dispusiera que Juan el Bautista fuera
el heraldo del Mesías venidero y no le impartiera el conocimiento de
este aspecto fundamental de la misión del Mesías.
Quita.
Gr. áirÇ, "levantar", "llevarse", "quitar". Sólo en virtud de que el
Cordero de Dios no tenía pecado (Heb. 4: 15; 1 Ped. 2: 22) él podía
"quitar [Gr. airo] nuestros pecados" (1 Juan 3: 5). Debido a que la
carga de pecado era demasiado pesada para que la lleváramos
nosotros, Jesús vino para levantar la carga de nuestras vidas
destrozadas.
Pecado.
Al emplear la forma singular de la palabra, Juan hace resaltar el
pecado como un principio, y no los pecados específicos (ver 1 Juan
2: 2; 3: 5; 4: 10).
30.
De quien.
Mejor "por quien" (BJ), no "concerniente a quien".
Después de mí... antes de mí.
Ver com. vers. 15.
31.
Yo no le conocía.
Como si hubiera dicho con énfasis, "ni siquiera yo le conocía" que
fuera el Mesías. El primer testimonio de Juan acerca del Mesías se
basaba en una revelación directa. No había habido una confabulación
entre Jesús y Juan. Conociendo las circunstancias referentes a los
primeros años de la vida de Jesús y su perfección de carácter, Juan
creía que Jesús era el Prometido, pero hasta el bautismo no tuvo una
evidencia positiva de que eso era así (DTG 84).
Manifestado a Israel.
Juan era la "voz" proveniente de Dios (ver com. vers. 23) que
dirigía a los hombres hacia "el Cordero de Dios" (ver com. vers.
29). El bautismo de Jesús señaló el pináculo de la misión de Juan,
aunque sus labores continuaron quizá durante un año y medio más.
Después del bautismo, declaró que Jesús debía crecer, y él menguar
(cap. 3: 30).
32.
Dio Juan testimonio.
Ver com. vers. 19.
Vi al Espíritu.
Ver com. Mat. 3: 16-17; Luc. 3: 21-22.
33.
Yo no le conocía.
Ver com. vers. 29, 31.
El que me envió.
Juan señala a Dios como la fuente de su autoridad (ver com. vers.
6).
34.
Yo le vi.
Juan habla como testigo ocular (cf. 1 Juan 1: 1).
Hijo de Dios.
Si bien algunos MSS dicen "elegido de Dios", la evidencia textual (cf.
p. 147) favorece el texto como aparece en la RVR. Ver com. Luc. 1:
35; cf. com. Juan 1: 1-3, 14. En el AT (Sal. 2: 7) y en el
seudoepigráfico Libro de Enoc (105: 2), aproximadamente del siglo I
a. C., "Hijo [de Dios]" aparece como un título claramente mesiánico.
Sólo en el Evangelio de Juan se dice que Jesús usó este título
refiriéndose a sí mismo (cap. 5: 25; 10: 36; 11: 4). Los judíos del
tiempo de Cristo entendían claramente el título en su sentido más
excelso (cap. 19: 7). El propósito de Juan al escribir un Evangelio
era proporcionar una evidencia convincente de que "Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios" (cap. 20: 31).
35.
El siguiente día otra vez.
[Los primeros discípulos, Juan 1: 35-51. Ver mapa p. 206; diagrama
p. 220.] Ver com. vers. 19; cf. vers. 29, 43. Juan usa con
frecuencia la frase "otra vez", casi siempre como una conjunción, a
fin de relacionar una nueva sección de su relato con la sección
precedente, antes que con un sentido de repetición (cap. 8: 12, 21;
10: 7, 19; 21: 1; etc.).
Dos de sus discípulos.
Uno de ellos era Andrés (vers. 40). La actitud de Juan, a través de
todo su Evangelio, de no referirse a sí mismo en relación con los
hechos en que participaba, es un indicio bastante decisivo de que él
era el otro de los dos discípulos (cf. cap. 20: 2; 21: 20-25; DTG
111). 887
36.
Mirando.
Aquí y en el vers. 42, una mirada fija, intensa, ferviente. Esta es
la última ocasión en que el relato evangélico habla de que Juan
estuviera con Jesús.
37.
Siguieron.
Gr. akolouthéÇ, "seguir", quizá no todavía en el sentido de
convertirse en discípulos (Juan 8: 12; 10: 4, 27; 12: 26; 21: 19-20,
22; ver com. Mat. 4: 19). Aquí Andrés y Juan "siguieron" a Jesús en
el sentido de que lo reconocieron como "el Cordero de Dios" (Juan 1:
36). Andrés y Juan fueron los primeros seguidores. Pronto Pedro,
Felipe y Natanael (Bartolomé) se les unieron (Juan 1: 40, 43, 45;
ver com. Mar. 3: 16-18). En este tiempo, los seguidores no
interrumpieron permanentemente sus ocupaciones habituales para
convertirse en discípulos en el sentido pleno de la palabra. Tan
sólo más de un año después -entre marzo y mayo de 29 d. C.-
recibieron la invitación para participar de un discipulado
permanente (ver com. Luc. 5: 1, 11). Sólo entonces se pudo decir que
"dejándolo todo, le siguieron" (Luc. 5: 11). La elección oficial de
los doce fue aún posterior, entre junio y agosto del mismo año (ver
com. Mar. 3: 14).
38.
¿Qué buscáis?
Estas son las primeras palabras de Jesús registradas por Juan (cf.
Luc. 2: 49).
Rabí.
Gr. rabbí, del arameo rabi, que significa "mi grande", por lo
general el equivalente de "señor". Se usa también en un sentido más
restringido como un título de distinción y respeto para un maestro
de la ley (ver com. Mat. 23: 7). Se ha sugerido que, en este último
sentido, la palabra sólo se empezó a usar recientemente.
En Juan, "rabí" siempre es el término con el que se dirigen a Jesús
los que lo reconocen como un maestro, quizá aun como un profeta,
pero que todavía no comprenden que es el Mesías o no están
dispuestos a admitirlo (cap. 1: 38, 49; 3: 2; 4: 31; 6: 25; 9: 2;
11: 8). Aquellos para quienes Jesús realizaba milagros, con
frecuencia lo llamaban "Señor" (cap. 9: 36; 11: 3, 21, 27, 32). En
el comienzo del trato de los discípulos con Jesús, Juan los cita
llamándolo "rabí"; pero con la creciente convicción de que sin duda
es el Enviado de Dios, más tarde lo llaman "Señor" (cap. 6: 68;11:
12; 13: 6, 25; 14: 5, 8, 22; 21: 15, 20; etc.). Después de la
resurrección, el título "Señor" siempre se usa para referirse a
Jesús (1 Cor. 16: 22), nunca "Rabí". Los autores de los sinópticos
no hacen diferencia entre estos títulos como lo hace Juan. Los
discípulos del Bautista lo llamaban "Rabí" (Juan 3: 26).
Los que llamaban a Jesús "Rabí" expresaban en esa forma su
disposición de aprender de él, al paso que los que lo llamaban
"Señor" (arameo mari, Gr. kúrios) expresaban así su respeto o su
sumisión incondicional como siervos. Sin embargo, con frecuencia los
términos eran usados sin que hubiera un claro sentido de diferencia
entre ellos.
Que traducido.
Escribiendo para lectores griegos, con frecuencia Juan presenta las
palabras arameas originales, pero siempre las traduce al griego
(cap. 1: 41-42-, 4: 25; 5: 2; 9: 7; 11: 16; 19: 13, 17; 20: 16, 24;
21: 2).
¿Dónde moras?
Andrés y Juan desean una entrevista más prolongada y personal que la
que podía realizarse en un lugar público.
39.
La hora décima.
Es decir, en torno de las 4 de la tarde (16 hs.). En los días de
Jesús, según la costumbre romana en boga en Palestina, se dividía la
parte clara del día en 12 horas (cap. 11: 9; p. 52; cf. Josefo, Vida
54). El recuerdo vívido de Juan en cuanto a las horas refleja la
profunda impresión que hicieron en su memoria los sucesos de ese día
(cap. 4: 6, 52; 18: 28; 19: 14; 20: 19). Esta exactitud concuerda
con su afirmación de haber sido testigo ocular (Juan 19: 35; 21: 24;
1 Juan 1: 1-2).
40.
Andrés.
Ver com. Mar. 3: 18.
Simón Pedro.
Ver com. Mar. 3: 16.
Uno de los dos.
El autor sólo identifica a uno de los dos. Generalmente se cree que
el otro era el mismo autor, Juan el hermano de Jacobo, que
modestamente se abstiene de identificarse (ver com. vers. 35; cf.
cap. 21: 20-24; DTG 111).
Habían seguido.
Juan y Andrés deseaban conversar con Jesús acerca de la afirmación
del vers. 36: "He aquí el Cordero de Dios". Todavía no pensaban
seguirle en el sentido de convertirse en sus seguidores habituales
(ver com. vers. 43). Probablemente estaba terminando el otoño o
comenzaba el invierno (noviembre-diciembre) del año 27 d. C. (ver
diagrama 3, p. 218). Siguieron a Jesús intermitentemente durante un
año y medio, antes de que él los llamara a un discipulado permanente
(ver com. Luc. 5: 11). Jesús eligió definitivamente a los doce
cuando estaba terminando el verano de 29 d. C. (ver com. Mar. 3:
13-19). Los cinco que "siguieron" a Jesús en el Jordán lo hicieron
tan sólo en el sentido de haber aceptado el testimonio de Juan en
cuanto al mesianismo de Jesús. 888
41.
A su hermano.
Andrés se convirtió en el primer discípulo que comenzó a llevar a
otros ante Jesús. El lo hizo "primero", es decir antes de que
hiciera ninguna otra cosa. Esto es un testimonio de la profunda
impresión efectuada en su mente y en su corazón por esa primera
conversación con Jesús.
Mesías.
Ver com. Mat. 1: 1.
Traducido.
Ver com. vers. 38.
42.
Simón... Cefas.
Ver com. Mat. 16: 18; Mar. 3: 16. El nombre "Simón" proviene de la
forma griega del hebreo "Simeón" (ver com. Gén. 29: 33).
Quiere decir.
Ver com. vers. 38.
43.
El siguiente día.
Es decir, el día después de los sucesos de los vers. 35-42, y quizá
el tercer día después de los de los vers. 19-28 (vers. 29, 35).
Quiso Jesús ir.
O estaba por ir.
Halló a Felipe.
Quizá como resultado de los esfuerzos de los tres que ya habían
hallado a Jesús. Acerca de Felipe, ver com. Mar. 3: 18.
Sígueme.
Aquí se aproxima más al significado de convertirse en discípulo (ver
com. Mar. 2: 14) y no tan sólo en el sentido de caminar en pos de
alguien, como en el vers. 37. Sin embargo, ver com. Luc. 5: 11; Juan
1: 40.
44.
Betsaida.
Ver com. Mat. 11: 21.
45.
Felipe halló a Natanael.
Así como en el día anterior Andrés había llevado a su hermano ante
Jesús, así también Felipe ahora lleva a un amigo. El primer impulso
del corazón del que en realidad se convierte es compartir el gozo y
la bendición de la salvación con otros, especialmente con los que
están cerca y son amados. Es común identificar a Natanael con
Bartolomé (ver com. Mar. 3: 18).
La ley.
Aquí es una designación técnica que corresponde con los cinco
primeros libros del AT (ver com. Luc. 24: 44). Felipe se refiere
particularmente a la predicción de Deut. 18: 15 (ver allí el
comentario) que halló su cumplimiento en Jesús de Nazaret (ver com.
Juan 6: 14).
Hijo de José.
Ver com. Mat. 1: 20-21; Luc. 2: 33, 41.
46.
Nazaret.
Ver com. Mat. 2: 23.
Algo de bueno.
Hay un dejo de sarcasmo en la réplica de Natanael ante el
emocionante anuncio de Felipe. Natanael procedía de Caná (cap. 21:
2), que estaba a poca distancia de Nazaret, y sin duda hablaba de lo
que sabía personalmente.
Ven y ve.
Cf. vers. 29. Encontrarse con Jesús cara a cara sería una evidencia
más convincente que un largo argumento. Lo mismo sucede hoy día. La
única forma de lograr una evidencia positiva de la certeza de la fe
en Cristo es experimentándola.
47.
Un verdadero israelita.
O "un israelita de verdad" (BJ), es decir uno que servía a Dios con
sinceridad de corazón (cap. 4: 23-24) y no un hipócrita (ver com.
Mat. 6: 2; 7: 5; 23: 13). Natanael pertenecía a ese grupo pequeño y
consagrado de los que fielmente esperaban "la consolación de Israel"
(ver com. Luc. 2: 25) y anhelaban alcanzar los altos ideales puestos
ante ellos por Dios (ver t. IV, pp. 28-32). Un verdadero israelita
no era necesariamente un descendiente literal de Abrahán (ver Juan
8: 33-34), sino uno que elegía vivir en armonía con la voluntad de
Dios (ver Juan 8: 39; Hech. 10: 34-35; Rom. 2: 28-29; 9: 6-7, 25-27;
10: 12-13; Gál. 3: 9, 28-29; 1 Ped. 2: 9-10).
Engaño.
Gr. dólos, literalmente "carnada", como la que se usa para pescar,
pero en sentido figurado "ardid", "engaño", "traición". Pretextos
falsos son la "carnada" usada por el hipócrita para convencer a los
hombres de que es mejor de lo que realmente es.
48.
¿De dónde me conoces?
Natanael quedó asombrado al descubrir que su vida estaba abierta
como un libro ante Jesús.
Higuera.
La higuera y el olivo eran en Palestina los árboles favoritos que se
cultivaban por sus frutos. "Sentarse" debajo "de la higuera" de uno
significaba estar en casa y en paz (Miq. 4: 4; Zac. 3: 10; etc.).
49.
Rabí.
Ver com. vers. 38.
Hijo de Dios.
Ver com. Luc. 1: 35. La profunda impresión hecha por la afirmación
de Cristo (vers. 47) se ve claramente por la directa e incondicional
profesión de fe de Natanael (vers. 49). Evidentemente tenía el
ferviente deseo de entender mejor por qué el Bautista había
identificado a Jesús como el "Cordero de Dios" (vers. 29, 36) y como
"el Hijo de Dios" (vers. 34). Por eso buscó un lugar apropiado para
la meditación y la oración (DTG 113-114). En respuesta a esa
oración, se le dio una prueba convincente de que Jesús era divino.
Con frecuencia, Jesús leía los más recónditos pensamientos de los
hombres y los secretos ocultos de sus vidas, dándoles así una
evidencia de su divinidad (ver com. Mar. 2: 8). Hay otras
declaraciones de los discípulos que muestran su fe en la divinidad
de Jesús en Mat. 14: 33; 16: 16; Juan 6: 69; 16: 30; etc. 889
Rey de Israel.
Un título mesiánico adicional con el que reconocía Natanael a Jesús
como Aquel prometido por los profetas para restaurar "el reino a
Israel" (Hech. 1: 6). Este título era equivalente a la expresión
"hijo de David" (ver com. Mat. 1: 1; Mar. 10: 48; cf. Zac. 6: 13).
50.
Cosas mayores.
Jesús aquí se refiere a las muchas pruebas convincentes de su
divinidad que Natanael había de recibir durante su relación con
Cristo (DTG 115).
51.
De cierto, de cierto.
Ver com. Mat. 5: 18. De todos los escritores del NT, sólo Juan
repite esta expresión como aparece aquí. Lo hace en total 25 veces,
en cada caso citando a Jesús.
El equivalente hebreo de la expresión "de cierto, de cierto" aparece
repetidas veces en el Manual de Disciplina (1QS), uno de los
Manuscritos del Mar Muerto (ver p. 92), pero en un sentido algo
diferente del que le da Juan.
Ángeles de Dios.
Con esta pintoresca figura de lenguaje, Jesús describe su propio
ministerio para la humanidad (DTG 115-117). Indudablemente la figura
se basa en el sueño de Jacob en Bet-el, mientras iba a Harán (Gén.
28: 12; cf. Heb. 1: 14).
Hijo del Hombre.
Ver com. Mar. 2: 10. Este es el primer caso que se registra en el
que Jesús usó este título.
NOTA ADICIONAL DEL CAPÍTULO 1
La fe cristiana tiene su fuente, su centro y su certeza en el Cristo
histórico del NT. Tal como se presenta en, Juan 1: 13, 14 (ver allí
el comentario) e invariablemente se afirma en todo el NT, Cristo es
Dios en el sentido absoluto y pleno de la palabra y verdaderamente
hombre en todo respecto, aunque sin pecado. En la encarnación, la
deidad y la humanidad se unieron inseparablemente en la persona de
Jesucristo, el Dios-hombre sin igual (ver com. Mat. 1: 1).
Pero las Escrituras también declaran que "Jehová nuestro Dios,
Jehová uno es" (Deut. 6: 4; Mar. 12: 29). El legado de verdad que
heredó la iglesia cristiana incluía, pues, la paradoja de un
monoteísmo trino y uno y el misterio de un Dios encarnado. Ambos
conceptos van más allá del entendimiento limitado y no permiten el
análisis final ni la definición absoluta. Sin embargo, para los
fervientes cristianos de los días apostólicos, el hecho dinámico de
un Señor crucificado, resucitado y viviente, a quien muchos de ellos
habían visto y oído (ver Juan 1: 14; 2 Ped. 1: 16; 1 Juan 1: 1-3),
relegaba a un plano de menor importancia los problemas teológicos de
la naturaleza de Cristo.
Sin embargo, cuando pasó esa generación (ver Apoc. 2: 4; cf. Jos.
24: 31), la visión de un Señor viviente se oscureció y palidecieron
la pureza y la devoción prístinas; los hombres se apartaron cada vez
más de las realidades prácticas del Evangelio y se ocuparon de sus
complicados aspectos teóricos, con la ilusión de que escudriñando
con los intrincados razonamientos de la filosofía quizá podrían
descubrir a Dios (Job 11: 7; Rom. 11: 33). Entre las diversas
herejías que surgieron para turbar a la iglesia, las más graves
fueron las que atañían a la naturaleza y persona de Cristo. Durante
siglos la iglesia fue sacudida por los conflictos suscitados por
estos problemas, que dejaron una larga estela de herejías, concilios
y cismas.
Para cualquiera, con excepción de los estudiantes de historia
eclesiástica, un estudio detallado de esta controversia puede
parecer desprovisto de interés y de valor práctico. Pero hoy día, no
menos que en los tiempos apostólicos, la certeza de la fe cristiana
se centra en el Cristo histórico del NT. También es un hecho que, de
una manera u otra, varias herejías antiguas han sobrevivido o han
revivido. Mediante un breve repaso del decurso de esa controversia
de los primeros días, los cristianos modernos pueden aprender a
reconocer -para estar vigilantes contra ellos- los mismos errores
que perturbaron a sus consagrados hermanos en siglos pasados (ver
Juan 8: 32; 1 Juan 4: 1).
Generalmente las dos principales fases de este prolongado debate se
conocen como las controversias trinitaria y cristológica. La primera
se ocupó de la condición de Cristo como Dios; y la segunda, de la
relación intrínseca entre su naturaleza divina y su naturaleza
humana. La controversia trinitaria se centralizó en las luchas de la
iglesia con el docetismo, el monarquianismo y el arrianismo, desde
el siglo I hasta el siglo IV, y la controversia cristológica en sus
luchas con el nestorianismo, el monofisismo y el monotelismo, desde
el siglo V hasta el VII.
La iglesia apostólica.
La creencia de la iglesia apostólica referente a Jesús está bien
resumida en la afirmación de Pedro de que Jesús es "el Cristo, el
Hijo del Dios viviente" 890 (Mat. 16: 16), y en la sencilla
declaración de fe citada por Pablo: "Jesús Señor [Gr. kúrios,
equivalente aquí al Heb. Yahwehl" (1 Cor. 12: 3). Los cristianos
primitivos creían que él era Dios en el más excelso sentido de la
palabra, y hacían de esta creencia la piedra angular de su fe (ver
com. Mat. 16: 18). Ni "carne ni sangre" podían revelar o explicar
esta verdad; debía ser aceptada por fe (Mat. 16: 17). Esta certeza
implícita de la iglesia primitiva acerca de la Trinidad y de la
naturaleza divino-humana de Cristo se fundaba en las enseñanzas
explícitas de Jesús y los apóstoles. Sin embargo, no pasaron muchos
años desde que Cristo había ascendido al cielo, cuando "lobos
rapaces" comenzaron a asolar el rebaño, y dentro de la iglesia misma
se levantaron hombres que hablaban "cosas perversas" y arrastraron
discípulos tras sí (Hech. 20: 29-30).
Docetismo y gnosticismo.
El primer error de la naturaleza y la persona de Cristo generalmente
se conoce como docetismo. Este nombre proviene de una palabra griega
que significa "aparecer". El docetismo asumió diversas formas, pero
su idea básica era que Cristo sólo parecía tener un cuerpo, que era
un fantasma y no un hombre en lo más mínimo. El Verbo se hizo carne
sólo en apariencia. Esta herejía surgió en tiempos apostólicos y
persistió hasta muy cerca del fin del siglo II.
El docetismo caracterizaba a grupos tales como los ebionitas y los
gnósticos. Los primeros eran judíos cristianos que se aferraban
estrictamente a los ritos y a las prácticas del judaísmo. Los
segundos eran principalmente cristianos gentiles. El gnosticismo fue
poco más que una mezcla de varias filosofías paganas ocultas bajo el
disfraz de una terminología cristiana.
Una antigua y posiblemente auténtica tradición identifica a Simón el
Mago (ver Hech. 8: 9-24) como el que primero inició el error acerca
de la naturaleza y la persona de Cristo y como el primer gnóstico
cristiano. Unos pocos años más tarde, surgió en Alejandría un
cristiano llamado Cerinto. Este es clasificado por algunos como
ebionita y por otros como gnóstico. Negaba que Cristo hubiera venido
en carne, y sostenía que su supuesta encarnación sólo fue aparente y
no real. Los ebionitas no eran gnósticos, pero sostenían puntos de
vista similares acerca de la humanidad de Cristo. Consideraban que
Cristo era hijo literal de José, pero elegido por Dios como el
Mesías debido a que se distinguió por su piedad y observancia de la
ley, y que fue adoptado como el Hijo de Dios en ocasión de su
bautismo. Un grupo de ebionitas, los elkesaitas, enseñaban que
Cristo había sido literalmente "engendrado" por el Padre en siglos
pasados, y que por lo tanto era inferior a él.
En contraste con los ebionitas, que consideraban a Cristo como
esencialmente un tipo de ser humano superior, los gnósticos -en
términos generales- negaban que fuera un ser humano. Concebían a
Cristo como un fantasma, o "eón" (inteligencia eterna emanada de la
divinidad suprema, según las enseñanzas gnósticas), que
transitoriamente tomó posesión de Jesús, que para ellos era un ser
humano común. La divinidad no se había encarnado realmente. Acerca
del tremendo impacto del gnosticismo sobre el cristianismo, el
historiador eclesiástico Latourette sugiere la posibilidad de que
"por un tiempo la mayoría de los que se consideraban a sí mismos
como cristianos se adhirieron a una u otra de sus muchas formas" (A
History of Christianity, p. 123). Después de surgir gradualmente en
los tiempos apostólicos, el gnosticismo ejerció su máxima influencia
sobre la iglesia en el siglo II. Reconociendo la grave amenaza que
significaba el gnosticismo, la iglesia lo combatió heroicamente.
Ireneo, que vivió durante la segunda mitad del siglo II, hace
resaltar que Juan escribió su Evangelio con el propósito específico
de refutar los puntos de vista docetistas de Cerinto (Ireneo, Contra
herejías xi. 1; ver Juan 1: 1-3, 14; 20: 30-31). En las epístolas,
Juan aún más claramente advierte contra la herejía del docetismo, a
cuyos paladines los tilda como "anticristo" (1 Juan 2: 18-26; 4:
1-3, 9, 14; 2 Juan 7, 10). Durante su primer encarcelamiento en Roma
(c. 62 d. C.), Pablo prevenía a los creyentes de Colosas contra el
error del docetismo (Col. 2: 4, 8-9, 18), y más o menos por el mismo
tiempo Pedro proclama una advertencia aun más vigorosa (2 Ped. 2:
1-3). Judas (vers. 4) se refiere a la herejía del docetismo. Los "nicolaítas"
de Apoc. 2: 6 eran gnósticos, aunque no necesariamente docetistas
(Ireneo, Contra herejías xi.1).
Durante la primera mitad del siglo 11 surgieron 891 varios maestros
gnósticos que infestaron la iglesia con sus nocivas herejías.
Sobresalieron entre ellos Basílides y Valentín, ambos de Alejandría.
Pero quizá el más influyente paladín de las ideas del docetismo -y
el de más éxito- fue Marción, durante la segunda mitad del mismo
siglo. De ninguna manera era gnóstico, pero sus opiniones en cuanto
a Cristo se parecían muchísimo a las de los gnósticos. Sostenía que
el nacimiento, la vida física y la muerte de Jesús no fueron reales,
sino que meramente dieron la apariencia de realidad.
La iglesia luchó valientemente contra los crasos errores del
docetismo. Durante la segunda mitad del siglo II, Ireneo se destacó
osadamente como el gran paladín de la ortodoxia contra la herejía.
Su obra de polémica Contra herejías, específicamente contra la
herejía gnóstica, ha sobrevivido hasta el día de hoy. Ireneo puso
énfasis en la unidad de Dios.
Monarquianismo.
Como el nombre lo indica, el monarquianismo hacía resaltar la unidad
de la Deidad. (Literalmente, un "monarca" es un "gobernante único".)
En efecto, fue una reacción contra los muchos dioses de los
gnósticos y los dos dioses de Marción: el Dios del AT, a quien
consideraban como un Dios malo, y Cristo, un Dios de amor. Como
sucede con tanta frecuencia con los movimientos reaccionarios, se
fue al extremo opuesto, y, como resultado, se convirtió en una
herejía que la iglesia más tarde creyó necesario condenar. La
tendencia que caracterizaba al monarquianismo pudo haber servido en
gran medida para eliminar de la iglesia las enseñanzas gnósticas,
pero el remedio hizo casi tanto mal como la enfermedad que pretendía
remediar. La lucha contra el monarquianismo comenzó hacia fines del
siglo II y continuó hasta bien entrado el III. Hubo dos clases de
monarquianos: los dinamistas (término que proviene de una palabra
griega que significa "poder"), que enseñaban que un poder divino
animaba el cuerpo humano de Jesús -suponían que Jesús no tenía
divinidad propia en sí mismo y le faltaba un alma realmente humana-,
y los modalistas, que concebían un Dios que se había revelado en
diferentes formas.
A fin de mantener la unidad de la Deidad, los dinamistas negaban de
plano la divinidad de Cristo, a quien consideraban como un mero
hombre elegido por Dios para ser el Mesías y que había sido elevado
hasta un nivel de deidad. De acuerdo con el adopcionismo -una
variante de esta teoría- el hombre Jesús logró la perfección y fue
adoptado como el Hijo de Dios en ocasión de su bautismo.
Los modalistas enseñaban que un Dios se había revelado en formas
diferentes. Negando diferencia alguna de personalidad, abandonaron
completamente la creencia en un Dios trino y uno por naturaleza.
Aceptaban la verdadera divinidad tanto del Padre como del Hijo, pero
se apresuraban a explicar que ambas sólo eran diferentes
designaciones para el mismo ser divino. Esta posición a veces es
llamada patripasianismo porque suponía que el Padre llegó a ser el
Hijo en la encarnación y, por lo tanto, sufrió y murió como el
Cristo. De la misma manera, en la resurrección el Hijo llegó a ser
el Espíritu Santo. Esta teoría también es llamada sabelianismo
debido a que su más famoso exponente fue Sabelio. Los sabelianos
sostenían que los nombres de la Trinidad eran meras designaciones
mediante las cuales la misma persona divina realizaba diversas
funciones cósmicas. Sostenían que antes de la encarnación ese ser
divino fue el Padre; en la encarnación el Padre se convirtió en el
Hijo; y en la resurrección el Hijo llegó a ser el Espíritu Santo.
A comienzos del siglo III, Tertuliano refutó el monarquianismo
modalista, haciendo resaltar tanto la personalidad del Hijo de Dios
como la unidad de la Deidad. Sin embargo, pensaba que Cristo era
Dios en un sentido subordinado. Esta teoría se conoce como
subordinacionismo.
A mediados del siglo III, Orígenes propuso la teoría de la
generación eterna. Según ella, sólo el Padre es Dios en el sentido
más excelso. El Hijo es coeterno con el Padre, pero es "Dios" sólo
en un sentido derivado. Orígenes creía, que el alma de Cristo -como
todas las almas humanas, según su concepto equivocado- preexistió
pero fue diferente de todas las otras por ser pura y no haber caído.
El Logos, o Verbo divino, creció en indisoluble unión con el alma
humana de Jesús. Distinguiendo entre theós (Dios) y ho theós (el
Dios) de Juan 1: 1, Orígenes llegó a la conclusión de que el Hijo no
es Dios en un sentido primitivo y absoluto, sino "Dios" sólo en
virtud de haber recibido un grado secundario de divinidad que podría
llamarse theós, pero no ho theós. Quedaría, pues, Cristo a la mitad
del camino entre las cosas creadas y las que 892 no lo son. Orígenes
puede ser llamado el padre del arrianismo.
Arrianismo.
A comienzos del siglo IV Arrio, un presbítero de la Iglesia de
Alejandría, aceptó la teoría de Orígenes en cuanto al Logos, con la
excepción de que no reconoció ninguna sustancia intermedia entre
Dios y los seres creados. Por eso dedujo que el Hijo no es divino en
ningún sentido de la palabra sino estrictamente una criatura, aunque
la más excelsa y primera de todas, y que por lo tanto "hubo [un
tiempo] cuando no existía". Enseñaba que sólo hay un ser -el Padre-
a quien se le puede atribuir una existencia atemporal, que el Padre
creó al Hijo de la nada y que antes de haber sido engendrado por un
acto de la voluntad del Padre, el Hijo no existía. Para Arrio,
Cristo tampoco era verdaderamente humano porque no tenía un alma
humana, ni era verdaderamente divino, porque le faltaba la esencia y
los atributos de Dios. Sencillamente era el más excelso de todos los
seres creados. El ser humano, Jesús, fue elegido para ser el Cristo
en virtud de su triunfo, que Dios conocía mediante su presciencia.
En el Primer Concilio de Nicea, reunido en 325 d. C. para resolver
la controversia arriana, Atanasio se presentó como "el padre de la
ortodoxia", sosteniendo que Cristo siempre existió y que no provino
de la nada previa sino que era de la misma esencia del Padre.
Aplicando a Cristo el término homobusios, "una sustancia", el
concilio afirmó su creencia de que él es de la única y misma esencia
como el Padre. Homoóusios no podría haberse entendido de otra forma.
El concilio anatematizó al arrianismo y al sabelianismo como las dos
principales desviaciones de la verdad exacta, y declaró que no
negaba la unidad de la Deidad cuando defendía la Trinidad, ni negaba
la Trinidad cuando defendía la unidad. Por eso el Credo Niceno
afirma que el Hijo es "engendrado del Padre [... la sustancia del
Padre, Dios de Dios], Luz de Luz, Dios verdadero del Dios verdadero,
engendrado, no hecho, consustancial al Padre" (citado en Enrique
Denzinger, El magisterio de la iglesia, p. 23). Este credo se
convirtió en la prueba crucial de la ortodoxia trinitaria.
Los arrianos rechazaron la decisión del concilio, recurrieron al
cisma y durante varios siglos el arrianismo demostró ser el enemigo
más formidable de la Iglesia Católica
Romana (ver com. Dan. 7:8). Después del Primer Concilio de Nicea, un
grupo, a veces llamado de semiarrianos, también hostigó a la
iglesia. Su palabra clave era homoióusios, con la cual describía al
Hijo como de una "sustancia parecida" a la del Padre, en contraste
con homoóusios ("misma sustancia"), del Credo Niceno. Apolinar y
Marcelo se destacaron entre los opositores a la ortodoxia después
del Concilio de Nicea. Ambos afirmaban la verdadera unidad de lo
divino y lo humano en Cristo, pero negaban su verdadera humanidad,
afirmando que la voluntad divina hizo de la naturaleza humana de
Jesús un instrumento pasivo. Estos diversos problemas resultaron en
otro concilio, celebrado en Constantinopla en 381. Este concilio
reafirmó el Credo Niceno, aclaró su significado, y declaró la
presencia de las dos verdaderas naturalezas en Cristo.
Nestorianismo.
Después del Concilio de Constantinopla, la atención de la iglesia se
volvió al así llamado aspecto cristológico del problema de la
naturaleza y persona de Cristo. Se intentó definir la naturaleza del
elemento divino y del elemento humano en Cristo, y declarar la
relación entre los dos. ¿Cómo podían coexistir dos naturalezas
personales en una persona?
Esta fase de la controversia se centró en dos escuelas opuestas, una
en Alejandría y la otra en Antioquía de Siria. Ambas reconocían la
verdadera unidad de la divinidad y la humanidad en una única
persona: Jesucristo. Pero la escuela de Alejandría hacía resaltar la
unidad de las dos naturalezas y destacaba la importancia de la
deidad, al paso que la escuela de Antioquía hacía resaltar la
distinción entre las dos naturalezas y destacaba la importancia del
aspecto humano. Los adeptos de Antioquía sostenían que la divinidad
y la humanidad se habían relacionado en una coexistencia constante y
en una cooperación, sin fusionarse realmente. Separaban las dos
naturalezas en la persona de Cristo, declarando que no hubo una
unión completa sino sólo una asociación permanente. Hacían una
distinción radical entre Cristo como el Hijo de Dios y Cristo como
el Hijo del hombre, y reconocían en forma más clara la naturaleza
humana. Concebían la unidad de las dos naturalezas como si se
hubiera realizado mediante la unidad de las voluntades respectivas.
Preservaban la realidad y la integridad de la naturaleza humana de
Cristo, pero ponían 893 en peligro la unidad de la persona. Era una
unión imperfecta, incompleta, indefinida y mecánica, en la cual las
dos naturalezas no estaban realmente unidas en una sola persona
dotada de conciencia. Por otra parte, los alejandrinos concebían una
compenetración milagrosa y completa de las dos naturalezas,
habiéndose fusionado la humana con la divina y habiéndose
subordinado aquélla a ésta. De esa manera, Dios entró en la
humanidad, y por medio de esa unión de la Deidad y de la naturaleza
humana se hizo posible que Cristo llevara a la humanidad de nuevo a
Dios.
El choque de las dos escuelas llegó a su clímax en la controversia
nestoriano, a principios del siglo V. Nestorio de Antioquía aceptaba
la verdadera divinidad y la verdadera humanidad, pero negaba su
unión en una sola persona autoconsciente. El Cristo de los
nestorianos es en realidad dos personas que disfrutan de una unión
moral afín. Sin embargo, ninguna de ellas está decisivamente
influida por la otra. La Deidad no se humilla; la humanidad no se
ensalza. Hay un Dios y hay un hombre, pero no hay un Dios-hombre.
El tercer concilio ecuménico de la iglesia se reunió en Efeso, en
431, con el propósito de decidir la controversia existente entre las
escuelas de Antioquía y Alejandría. El concilio condenó a Nestorio y
sus enseñanzas, pero no consideró necesario redactar un nuevo credo
que reemplazara al Credo Niceno. En realidad, nada se decidió ni
realizó, excepto ampliar la brecha, y la controversia resultante
tomó tales proporciones que se pusieron a un lado todos los otros
problemas doctrinales.
Monofisismo.
Después del Concilio de Efeso surgió otra teoría conocida como
monofisismo, o eutiquianismo, que se caracterizó por presentar un
concepto de Cristo precisamente opuesto al de Nestorio. Eutiques, su
principal expositor, sostenía que la naturaleza humana original de
Jesús se transformó en la naturaleza divina en la encarnación, con
el resultado de que el Jesús humano y el Cristo divino llegaron a
ser una persona y una naturaleza. Afirmaba la unidad de la
autoconciencia, pero estaban fusionadas de tal manera las dos
naturalezas que, en la práctica, perdían su identidad individual.
En 451 se reunió el Concilio de Calcedonia. Tenía el propósito de
tratar el nestorianismo y el monofisismo, y condenó a ambos. Tanto
Nestorio como Eutiques rechazaron la decisión del concilio, y
fundaron sectas independientes del cristianismo así como lo había
hecho Arrio más de un siglo antes.
El Concilio de Calcedonia afirmó la perfecta divinidad y la perfecta
humanidad de Cristo, declarándolo de una misma sustancia con el
Padre en cuanto a su naturaleza divina y consustancial con nosotros
en cuanto a su naturaleza humana, pero sin pecado. Se preservó la
identidad de cada naturaleza y se declaró que las dos eran
distintas, sin mezcla, inmutables, indivisibles, inseparables. Se
reconoció a la divinidad, y no a la humanidad, como la base de la
personalidad de Cristo. Debido a que la persona de Cristo es una
unión de dos naturalezas, el sufrimiento del Dios-hombre fue
verdaderamente infinito; sufrió en su naturaleza humana y no en su
naturaleza divina, pero la pasión fue infinita debido a que la
persona es infinita. Lo que más tarde llegó a conocerse como el
Símbolo de Calcedonia, reza en parte:
"Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que
ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en
la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre
de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a
la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la
humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado [Heb. 4:
15]; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la
divinidad, y en estos últimos días, por nosotros y por nuestra
salvación, engendrado de la María Virgen, madre de Dios, en cuanto a
la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo
Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio,
sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia
de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien,
cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en
una sola hipóstasis" (Enrique Denzinger, El magisterio de la
iglesia, p. 57).
Como resultado del Concilio de Calcedonia se perpetuó e intensificó
el cisma en el Oriente. Finalmente, el emperador Justiciando,
convencido de que la seguridad del imperio requería una solución del
problema, clausuró permanentemente las escuelas de Antioquía y
Alejandría, los dos centros de controversia. En el Segundo Concilio
de Constantinopla, en 553, la iglesia decidió suprimir 894 por la
fuerza el monofisismo, el cual se convirtió en un cisma permanente y
persistente hasta hoy día en sectas cristianas tales como los
jacobitas, los coptos y los abisinios. Confirmando el Símbolo de
Calcedonia, la iglesia realizó una distinción definitiva entre la
ortodoxia y la heterodoxia.
Monotelismo.
Es cierto que quedó sin ser resuelta una pregunta: Las dos
naturalezas, la divina y la humana, ¿son movidas por una voluntad
que rige ambas naturalezas o por dos voluntades? Los monotelitas
consideraban como dominante a la voluntad divina, y a la voluntad
humana como inmersa en ella. En el Tercer Concilio de
Constantinopla, en 680, la iglesia decidió que la voluntad es un
asunto de las naturalezas y no de una persona, y se pronunció en
favor de dos voluntades en una persona dotada de voluntad. Así se
completó la definición ortodoxa de la naturaleza y la persona de
Cristo en lo que atañe a la iglesia occidental, y formalmente se dio
fin a las prolongadas controversias trinitarias y cristológicas. Por
el año 730, Juan Damasceno recapituló estas doctrinas para la
iglesia oriental. Tanto para el Oriente como para el Occidente, las
decisiones de los concilios llegaron a ser dogmas.
En los días de la Reforma.
La Reforma encontró que tanto la rama romana del cristianismo como
la protestante estaban de acuerdo en lo fundamental en cuanto a lo
que atañe a la Trinidad y a la naturaleza de Cristo. El Credo Niceno
y el Símbolo de Calcedonia resultaron, por lo general, aceptables
para ambas. Lutero enseñaba un intercambio mutuo de características
entre las dos naturalezas, de modo que lo que era característico de
cada una se convertía en común para ambas. La naturaleza divina se
apropió de todo lo humano de Cristo, y la humanidad recibió lo que
pertenecía a la naturaleza divina. Las iglesias reformadas
destacaban la comunión de lo divino y lo humano en Cristo.
En la Reforma, dos pequeños grupos no concordaron con la posición
nicena. El primero fue el de los socinianos, que resucitaron la idea
básica monarquiana de que es inconcebible una Trinidad divina. El
unitarismo moderno perpetúa este concepto. El segundo fue el de los
arminianos que, en algunos respectos, adoptaron una posición similar
a la de ciertos grupos anteriores, que el Hijo está subordinado al
Padre. Esta posición se refleja en varias sectas cristianas de hoy
día.
Adventistas del séptimo día.
Los autores y editores de este Comentario confiesan francamente que
hay grandes misterios en las Escrituras que trascienden los límites
del entendimiento limitado y por eso no se los puede definir con
exactitud en lenguaje humano. Uno de tales misterios es la unión de
lo divino y de lo humano en Cristo. Al tratar cuestiones teológicas
de esta clase, los adventistas del séptimo día siempre han procurado
evadir especulaciones y sutiles razonamientos a fin de no oscurecer
el consejo con palabras (ver 8T 279). Si los escritores inspirados
de la Biblia no han aclarado cada detalle de los misterios divinos,
¿por qué deberían hacerlo los escritores que no son inspirados? Sin
embargo, la Inspiración ha proporcionado la información suficiente
para que podamos comprender en parte el misterio del plan de
salvación. Los adventistas del séptimo día creen en:
1. La divinidad. La Divinidad o Trinidad consiste de tres personas:
el Padre eterno, el Señor Jesucristo, Hijo del Padre eterno y el
Espíritu Santo (ver Mat. 28: 19; Juan 1: 1-2; 6: 27; 14: 16-17, 26;
Hech. 5: 3-4; Efe. 4: 4-6; Heb. 1: 1-3, 8; com. Juan 1: 1-3, 14).
"Hay tres personas vivientes en el trío celestial... el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo" (Ev 446), Cristo y el Padre son "uno solo
en naturaleza, en carácter y en propósitos" (PP 12), "pero no en
persona" (3JT 267; cf. 5TS 182). El Espíritu Santo "es una persona
así como Dios es persona" (Ev 447).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Rom. 1: 20-25.
2. La Deidad y la preexistencia de Cristo. Cristo es Dios en el
sentido supremo y absoluto del término: en naturaleza, en sabiduría,
en autoridad y en poder (ver Isa. 9: 6; Miq. 5: 2; Juan 1: 1-3; 8:
58; 14: 8-11; Col. 1: 15-17; 2: 9; Heb. 1: 8; com. Miq. 5: 2; Mat.
1: 1, 23; Luc. 1: 35; Juan 1: 1-3; 16: 28; Fil. 2: 6-8; Col. 2: 9).
"Cristo es el Hijo de Dios preexistente y existente por sí mismo...
Nunca hubo un tiempo cuando él no haya estado en estrecha relación
con el Dios eterno... Era igual a Dios, infinito y omnipotente" (Ev
446; cf. DTG 434-436; Ev 445; PP 17, 48).
"Cristo era esencialmente Dios, y en el sentido más excelso. Estuvo
con Dios desde toda la eternidad; Dios sobre todo, bendito para
siempre. El Señor Jesucristo, el divino Hijo de Dios, existió desde
la eternidad, como persona diferente, y sin embargo una con el
Padre" 895 (EGW RH 5-4-1906; cf. DTG 11).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Juan 1: 1-3, 14; Col. 2:
9; 3: 10.
3. La humanidad de Cristo. El Señor Jesucristo fue un ser humano
verdadero y completo, en todo respecto como los otros hombres,
excepto que "no conoció pecado" (2 Cor. 5: 21; ver Luc. 24: 39; Juan
1: 14; Rom. 1: 3-4; 5: 15; Gál. 4: 4; Fil. 2: 7; 1 Tim. 2: 5; Heb.
2: 14, 17; 1 Juan 1: 1; 4: 2; 2 Juan 7; com. Mat. 1: 23; Juan 1: 14;
Fil. 2: 6-8).
"Cristo fue un verdadero hombre" (EGW Yl 13-10-1898), "plenamente
humano" (EGW ST 17-6- 1897), "participante de nuestra naturaleza" (EGW
RH 18-2-1890). "Vino como un nene desvalido revestido de la
humanidad de que nosotros estamos revestidos" (EGW MS 21, 1895), y
"como miembro de la familia humana, era mortal" (EGW RH 4-9-1900).
"Oraba por sus discípulos y por sí mismo, identificándose así con
nuestras necesidades, nuestras debilidades y nuestras flaquezas" (2T
508; cf. MC 329).
Ver Material Suplementario de EGW com. Juan 1: 1-3, 14; Col. 1:
26-27; Heb. 2: 14-18.
4. La encarnación de Cristo. La encarnación fue una unión verdadera,
completa e indisoluble de las naturalezas divina y humana en una
sola persona, Jesucristo. Sin embargo, cada naturaleza fue
preservada intacta y diferente de la otra (ver Mat. 1: 20; Luc. 1:
35; Juan 1: 14; Fil. 2: 5-8; 1 Tim. 3: 16; 1 Juan 4: 2-3; com. Mat.
1: 18; Juan 1: 14; 16: 28; Fil. 2: 6-8).
"Cristo era un verdadero hombre... Sin embargo, era Dios en la
carne" (EGW YI 1310-1898). "Su divinidad fue cubierta de humanidad,
la gloria invisible tomó forma humana visible" (DTG 14). "El tiene
una naturaleza doble, al mismo tiempo humana y divina. Es tanto Dios
como hombre" (EGW MS 76, 1903).
"La naturaleza humana del Hijo de María, ¿se cambió con la
naturaleza divina del Hijo de Dios? No; las dos naturalezas se
combinaron misteriosamente en una persona: El Hombre Cristo Jesús" (EGW
Carta 280, 1904). "Lo humano no ocupó el lugar de lo divino, ni lo
divino de lo humano" (EGW ST 10-5-1899). "La divinidad no fue
degradada en humanidad; la divinidad mantuvo su lugar" (EGW RH
18-2-1890).
"Presentaba una perfecta humanidad, combinada con deidad;...
preservando cada naturaleza distinta" (EGW GCB 4.0 trimestre, 1899,
p. 102).
"La humanidad de Cristo no podía ser separada de su divinidad" (EGW
MS 106, 1897).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Juan 1: 1-3, 14; Efe. 3:
8; Fil. 2: 6-8; Col. 2: 9.
5.La subordinación de Cristo. Asumiendo voluntariamente las
limitaciones de la naturaleza humana en la encarnación, el Señor
Jesucristo así se subordinó al Padre durante su ministerio terrenal
(ver Sal. 40: 8; Mat. 26: 39; Juan 3: 16; 4: 34; 5: 19, 30; 12: 49;
14: 10; 17: 4, 8; 2 Cor. 8: 9; Fil. 2: 7-8; Heb. 2: 9; com. Luc. 1:
35; 2: 49; Juan 3: 16; 4: 34; Fil. 2: 7-8).
"Despojándose de su vestido y corona reales" (5TS 182), el Hijo de
Dios "prefirió devolver el cetro a las manos del Padre, y bajar del
trono del universo" (DTG 14). "Voluntariamente asumió la naturaleza
humana. Lo hizo por sí mismo y por su propio consentimiento" (EGW RH
4-9- 900). "Jesús condescendió en humillarse para tomar la
naturaleza humana" (EGW ST 20-1-1890; cf. 5T 702). "Se humilló a sí
mismo, y asumió la mortalidad" (EGW RH 4-9-1900).
"El Hijo de Dios se había entregado a la voluntad del Padre y
dependía de su poder. Tan completamente había anonadado Cristo al yo
que no hacía planes por sí mismo. Aceptaba los planes de Dios para
él, y día tras día el Padre se los revelaba" (DTG 178-179; cf. 619).
"Al paso que llevaba la naturaleza humana, dependía del Omnipotente
para su vida. En su humanidad, se aferraba de la divinidad de Dios"
(EGW ST 17-6-1897).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Luc. 1: 35.
6. La impecable perfección de Cristo. Aunque sujeto a la tentación y
"tentado en todo según nuestra semejanza", sin embargo Jesús fue
completamente "sin pecado" (ver Mat. 4: 1-11; Rom. 8: 3-4; 2 Cor. 5:
21; Heb. 2: 10; 4: 15; 1 Ped. 2: 21-22; 1 Juan 3: 5; com. Mat. 4: 1-
11; 26: 38, 41; Luc. 2: 40, 52; Heb. 2: 17; 4: 15).
Nuestro Salvador "asumió las desventajas y riesgos de la naturaleza
humana, para ser probado y examinado" (EGW ST 2-8-1905; cf. DTG 33,
91, 104). "Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la
gran ley de la herencia" (DTG 32).
"Podría haber pecado... pero ni por un momento hubo en él una mala
propensión" (EGW Carta 8, 1895, ver p. 1102). Tomó "la naturaleza
del hombre, pero no su pecaminosidad" (EGW ST 29-5- 1901). "Venció a
Satanás en la misma naturaleza sobre la cual en 896 el Edén Satanás
obtuvo la victoria" (EGW Yl 25-4-1901).
"Jesús no reveló cualidades ni ejerció facultades que los hombres no
pudieran tener por la fe en él. Su perfecta humanidad es lo que
todos sus seguidores pueden poseer" (DTG 619-620; cf. 15). "En su
naturaleza humana él mantuvo la pureza de su carácter divino (MeM
333). "Ningún vestigio de pecado mancilló la imagen de Dios en él" (DTG
52; cf. 98).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Mat. 4: 1-11; Luc. 2: 40,
52; Col. 2: 9- 10; Heb. 2: 14-18; 4: 15.
7. La muerte vicaria de Cristo. El sacrificio de Cristo proporcionó
una expiación plena y completa para los pecados del mundo (ver Isa.
53: 4-6; Juan 3: 14-17; 1 Cor. 15: 3; Heb. 9: 14; 1 Ped. 3: 18; 4:
1; 1 Juan 2: 2; com., Isa. 53: 4; Mat. 16: 13).
"Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había
participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por
su justicia, en la cual no habíamos participado. El sufrió la muerte
nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la vida suya" (DTG 17).
"En el huerto de Getsemaní Cristo sufrió en lugar del hombre, y la
naturaleza humana del Hijo de Dios tambaleó bajo el terrible horror
de la culpabilidad del pecado" (EGW MS 35; 1895). "En ese momento la
naturaleza humana habría muerto bajo el horror de la sensación de
pecado, si un ángel del cielo no lo hubiera fortalecido para que
soportara la agonía" (EGW MS 35,1895).
"El sacrificio de Cristo en favor del hombre fue pleno y completo.
La condición de la expiación se había cumplido. La obra para la cual
él había venido a este mundo se había efectuado" (HAp 24; cf. 2JT
220).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Mat. 26: 36-46; 27: 50;
Col. 2: 9; 1 Tim. 2: 5.
8. La resurrección de Cristo. En su divinidad, Cristo tenía poder no
sólo para deponer su vida sino también para recobrarla nuevamente,
cuando fue llamado de la tumba por su, Padre (ver Juan 10: 18; Hech.
13: 32-33; Rom. 1: 3-4; 1 Cor. 15: 3-22; Heb. 13: 20; 1 Ped. 1: 3;
ver la Nota Adicional com. Mat. 28).
"Cuando la voz del poderoso ángel fue oída junto a la tumba de
Cristo, diciendo: 'Tu Padre te llama', el Salvador salió de la tumba
por la vida que había en él... En su divinidad, Cristo poseía el
poder de quebrar las ligaduras de la muerte" (DTG 729; cf. 725).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Mar. 16: 6.
9. La ascensión de Cristo. Nuestro Salvador ascendió al cielo en su
cuerpo glorificado, para ministrar allí en nuestro favor (ver Mar.
16: 19; Luc. 24: 39; Juan 14: 1-3; 16: 28; 20: 17; Hech. 1: 9-11;
Rom. 8: 34; 1 Tim. 3: 16; Heb. 7: 25; 8: 1-2; 9: 24; 1 Juan 2: 1-2;
com. Heb. 1: 9-11).
"Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la
familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana...
Dios adoptó la naturaleza humana en la persona de su Hijo, y la
llevó al más alto cielo" (DTG 17).
"Todos necesitan llegar a ser más inteligentes respecto de la obra
de expiación que se está realizando en el santuario celestial" (2JT
219).
Ver el Material Suplementario de EGW com. Hech. 1: 9-11; Heb. 2:
14-18.
10. El ensalzamiento de Cristo. Cuando volvió al cielo, Cristo
retomó el puesto que había tenido con el Padre. antes de la
encarnación (ver Mat. 28: 18; Juan 12: 23; 17: 5; Efe. 1: 19-22;
Fil. 2: 8-9; Col. 1: 18; 1 Tim. 2: 5; Heb. 1: 3; 2: 9; 1 Ped. 1: 11;
com. Fil. 2: 9).
"Cuando Cristo entró por los portales celestiales, fue entronizado
en medio de la adoración de los ángeles... Cristo fue de veras
glorificado con la misma gloria que había tenido con el Padre desde
toda la eternidad... Como sacerdote y rey, había recibido toda
autoridad en el cielo y en la tierra" (HAp 31- 32; cf. 3JT 266-267).
Estos y muchos otros grandes misterios relacionados con el plan de
salvación serán el estudio de los redimidos a través de toda la
eternidad.
COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE
1 Ev 446-447
1-2 PP 11
1-3 DTG 248; FE 406
1-5 TM 60,135
3 CC 87; CM 409; DTG 255; Ed 130
3-4 MM 7
4 CC 17; DMJ 36; DTG 236, 430; Ed 25; MC 366; 8T 288, 324
4-5 DTG 428; TM 371 897
5 DTG 59, 436; FE 167; 1JT 158; PVGM 87
6 CV 273
9 CC 22; CM 26, 275, 409; CS 305, 514, 583; DTG 284, 429; Ed 11, 26,
130; FE 181, 183, 405, 437, 440, 468, 470; OE 51; PR 189, 279; PVGM
318; 8T 256; TM 426
9-12 TM 371
10 2JT 334
10-14 TM 135
11 CW 45; DTG 19; 3JT 392; PR 524; PVGM 87
12 AFC 78; CM 15; DTG 429; Ev 227; FE 405; HAd 30; HAp 306; 3JT 29,
266, 292,433; MC 328; MeM 181; MM 113; OE 51; PVGM 255; 6T 60, 372;
7T 39; 8T 102, 207; 9T 141, 152, 218; TM 91, 223,288,494
12-13 DTG 471; Ev 386
14 CM 199; CMC 142; CS 8; DTG 15,113, 351, 468; Ed 25; FE 378, 382,
400, 444; HAp 377, 415, 434; 2JT 220, 345; 3JT 83, 392; MB 57; MM
321; PP 282; 6T 59; 8T 207, 286; TM 61
16DMJ 23; DTG 215; FE 338, 362; HAp 415, 434; 3JT 83; 8T 151; TM 91,
206
18CC 9; DTG 429; 3JT 263; MC 326; OE 51; PR 511, 513; 8T 286
19-23 DTG 107
19-51 DTG 106-117
23 CV 275; PR 508
25 DTG 108
25-27 DTG 109
27 DTG 187
29 CC 18, 78; CH 422, 528; CM 358; CMC 303; CN 475; COES 12, 122; CS
451; DMJ 8, 13; DTG 87, 110, 147, 151, 187, 348, 407, 443, 532, 544,
575, 606, 698; Ev 103, 141, 215, 221, 326, 421, 423; FE 97, 239,
383; 1JT 527; 2JT 378, 393, 517, 533; 3JT 292, 310, 322; MC 114; MeM
176, 227; MM 31; NB 378-379; OE 26, 58, 154, 163, 182; PE 153; PVGM
55, 176, 196, 218; 2T 30; 5T 449, 729; 6T 20, 54, 67, 81; 7T 238; 8T
334; 9T 203; TM 152, 216, 220; 5TS 174
36-38 DTG 112
38-39 DMJ 111
39,41-43 DTG 112
43 DTG 259
45 DTG 119, 259; FE 365; 3JT 62
45-46 CV 281; Ev327; FE 142; 3T 566
45-49 DTG 114
45-51 COES 27
46 DTG 52; MJ 76; Te 199
47 3TS 386
47-48 CC 91; TM 107
50 DTG 116,122
51 CC 19; CS 21; DTG 116; PP 183
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