Comentario bíblico adventista 


Capítulo 1

1.
Lo que era.
Estas palabras iniciales de la epístola pueden recibir dos interpretaciones debido a que el pronombre ho, que se traduce "lo que", es neutro, y podría referirse a: (1) al testimonio referente a la revelación del Verbo de vida, o (2) al Verbo de vida (Cristo). El estilo de Juan hace más probable la segunda interpretación (cf. Juan 4:22; 6:37, donde los pronombres neutros se refieren a personas). En cuanto a la flexión verbal "era" (en), ver com. Juan 1:1.
Desde el principio.
Juan comienza su Evangelio con las palabras "En el principio", y su primera epístola con la expresión "desde el principio". La diferencia es significativa. En el Evangelio se destaca que el Verbo ya existía en el tiempo del " principio"; aquí se conforma con afirmar que el Verbo ha estado existiendo desde el tiempo del "principio". El Evangelio enfoca el principio y antes de él; la epístola enfoca el principio y después de él. También es posible una interpretación más limitada refiriendo estas palabras al principio de la era cristiana (cf. com. cap. 2:7), pero una comparación con Juan 1:1-3 concede aquí poco apoyo a esta limitación. En cuanto a "principio", ver com. Juan 1:1.
Lo que hemos oído.
Juan defiende desde el comienzo lo que está a punto de escribir acerca de Aquel a quien él y sus compañeros habían realmente oído, y rebate las afirmaciones de los que negaban la realidad de la encarnación. Así establece las bases de su autoridad y de su exhortación a sus lectores. ¡Nadie podría negar que albergaba preciosos recuerdos cuando pensaba en la voz amada que había escuchado con tanto interés hacía mucho en Palestina! El plural "hemos" en estos versículos iniciales podría interpretarse como una característica de estilo o como una referencia al autor y a sus compañeros (cf. com. cap. 4:6). El uso del pretérito perfecto "hemos oído", sugiere que los recuerdos aún perduraban en él.
Lo que hemos visto.
Aquí también se aplica el comentario de "lo que hemos oído". La flexión verbal que se traduce "hemos visto" (del verbo horáÇ), significa el acto de ver físicamente. Y para que no haya duda alguna en cuanto a la realidad de sus experiencias, el escritor añade el pleonasmo "con nuestros ojos". No deja, pues, lugar para que se dude de que realmente vio al "Verbo".
Hemos contemplado.
Gr. theáomai, "ver atentamente", "contemplar". Esta misma flexión 646 verbal se ha traducido como "vimos" en Juan 1: 14 al tratar el mismo tema: la contemplación del Verbo encarnado. Lo natural es interpretar estas palabras y las que siguen como una afirmación de que el apóstol había contemplado las escenas históricas de la vida terrenal de Cristo.
Palparon.
Gr. ps'lafáÇ, "ir a tientas", "tantear", "palpar", de psáll (o psa), "tocar" (ver com. Hech. 17: 27). El mismo verbo se usa en Luc. 24: 39 (ver el comentario respectivo), cuando Jesús invitó a Tomás a que lo tocara. Juan podría estar refiriéndose en particular a ese momento y quizá a otros hechos similares. Sería difícil concebir una forma más clara para afirmar que el autor y sus compañeros habían tenido una relación personal con el Verbo hecho carne, refutando así las diversas herejías que decían que no fue real la existencia de Cristo en la tierra (ver pp. 643-644).
Tocante al Verbo.
El apóstol no pretende tratar todos los aspectos concernientes al Verbo, pero en su epístola declara (vers. 3) verdades basadas en su experiencia personal (vers. 1-3) con el Verbo. En cuanto al "Verbo" (ho lógos), ver com. Juan 1: 1. El uso de "Verbo" (lógos) para referirse a Jesucristo, es peculiar del cuarto Evangelio (Juan 1: 1, 14), de esta epístola (cap. 1: 1; 5: 7) y del Apocalipsis (Apoc. 19: 13), y es una prueba en favor de un autor común de los tres libros.
De vida.
Literalm ente "de la vida". La presencia del artículo indica que se habla de una vida específica, no una vida cualquiera. Si se analizan los escritos de Juan, se ve con claridad que la vida de la cual habla este autor es la vida eterna, la vida de Dios y en Dios.
2.
Porque la vida.
Mejor, "y la vida" (BC). La palabra "vida" del vers. 1 proporciona una base para lo que se dice de la "vida" en el vers. 2, que es un paréntesis, una digresión del hilo principal del tema. La sintaxis de los vers. 1-3 es complicada. El pensamiento queda en suspenso hasta el vers. 3, donde el autor resume su exposición con una conclusión abarcante. Sin embargo "la vida" en el paréntesis del vers. 2 se refiere principalmente a la vida de Cristo que fue revelada en su encarnación.
Fue manifestada.
Gr. faneróÇ, "hacer saber", "hacer visible", "poner de manifiesto", "mostrar". Juan a menudo usa el verbo faneróÇ (nueve veces en el Evangelio y seis veces en la epístola). Esta manifestación de la vida corresponde con el "Verbo" que "fue hecho carne" de Juan 1: 14, y se refiere a la encarnación que vieron los moradores de la tierra que contemplaron su gloria.
Varias de las palabras favoritas de Juan aparecen en los vers. 1-3, aunque a veces las traducciones oscurecen la precisión de la palabra original. Arj', "principio", aparece 23 veces en los escritos del apóstol (principio 21 veces en la RVR); zÇ' "vida", 64 veces ("vida", 55 veces en la RVR); marturé, "dar testimonio" y "testificar", 47 veces (37 veces en la RVR).
Hemos visto.
El apóstol no sólo había visto y oído "tocante" al Verbo de vida (vers. 1) sino que también había percibido su significado como "vida" (ver com. Juan 1: 4).
Testificamos.
Juan no se contentó con contemplar a Cristo; también se sintió impulsado a "testificar" de lo que había visto (cf. com. Hech. 1: 8).
Anunciamos.
Gr. apaggéll, "ser portador de nuevas", "proclamar", "declarar".
La vida eterna.
La asociación de "vida" con "eterna" se presenta 23 veces en los escritos de Juan. El apóstol piensa en términos de eternidad, y destaca la naturaleza eterna de su amado Señor y de la vida que anticipa compartir con él (ver com. Juan 3: 16).
Con el Padre.
Gr. pros ton patéra (ver com. "con Dios", en Juan 1: 1). La palabra pros, "con". expresa la proximidad del Verbo con el Padre y al mismo tiempo deja en claro su personalidad separada. Aunque Juan no ha mencionado todavía al Hijo por nombre, su uso del calificativo "Padre" implica la filiación del Verbo y prepara el camino para la identificación plena del Verbo como Jesucristo en 1 Juan 1: 3.
Se nos manifestó.
El autor está lleno de reverente respeto al comprender el privilegio que se le concedió de ver a Aquel que había estado con el Padre desde la eternidad. El esplendor de la revelación nunca se oscurece en la mente de Juan, sino que permanece en el centro de su visión espiritual (cf. Juan 1: 14, 18).
3.
Lo que hemos visto.
Una repetición retórica (vers. 1-2) para dar énfasis y recapitular todo lo que previamente se ha dicho. La importancia de este énfasis en el conocimiento personal que el autor tenía de Jesús, difícilmente puede ser exagerado teniendo en cuenta que uno de los propósitos de la epístola es oponerse a las primeras manifestaciones 647 del gnosticismo (ver pp. 643-644).
Comunión.
Gr. koinÇnía (ver com. Hech. 2: 42). Implica compartir mutuamente, ya sea que el compañerismo sea entre iguales, como el caso de los hermanos en la fe, o entre seres de jerarquía diferente, como es entre Dios y el hombre (cf. Hech. 2: 42; 2 Cor. 8: 4; Gál. 2: 9; Fil. 2: 1; etc.). El apóstol desea en este caso que sus lectores compartan las mismas bendiciones espirituales que él disfruta mediante un conocimiento del Padre y del Hijo. Hacer que otros puedan participar de esta comunión es uno de los principales propósitos de la epístola. La palabra "comunión" hace resonar una de las notas claves del primer capítulo. El que verdaderamente conoce a Cristo siempre deseará que otros compartan ese bendito compañerismo. "Tan pronto como viene uno a Cristo, nace en el corazón un vivo deseo de hacer conocer a otros cuán precioso amigo ha encontrado en Jesús" (CC 77). Los que así trabajan para otros ayudan a contestar la oración del Salvador, "que sean uno, así como nosotros somos uno" (Juan 17: 22).
Nuestra comunión.
Literalmente "la comunión la nuestra"; es decir, la comunión que existe entre Juan y la Deidad. El cristiano se convierte en un vínculo de unión entre el cielo y la tierra. Con una mano se aferra de su conocimiento de Dios mediante Cristo, y con la otra toma a los que no conocen a Dios; en esa forma se convierte en un eslabón viviente entre el Padre y sus hijos extraviados.
Su Hijo Jesucristo.
Juan identifica al Verbo con Cristo. El calificativo compuesto -Jesús y Cristo- muestra que Juan está considerando tanto el aspecto humano como el divino de la vida del Hijo (ver com. Mat. 1: 1; Fil. 2: 5; cf. com. 1 Juan 3: 23). Sólo mediante el Hijo es posible tener comunión con el Padre. Únicamente el Hijo puede revelar a Dios a los hombres (cf. com. Juan 1: 18).
4.
Estas cosas.
Es decir, el contenido de la epístola, que incluye lo que ya ha sido escrito en los vers. 1-3 y lo que el autor tiene el propósito de escribir en el resto de la carta.
Os.
La evidencia textual se inclina (cf. p. 10) por el texto "nosotros escribimos". La oración entonces diría: "Y estas cosas escribimos" (BC).
Vuestro.
La evidencia textual favorece (cf. p. 10) el texto "nuestro" (BJ, BA, BC). El paralelismo con Juan 16: 24 sugiere "vuestro". El parecido entre las dos palabras es tal que fácilmente podría introducirse un error de copia. Cualquiera de los dos es lógico. Juan escribe para que el gozo de sus lectores sea completo. También escribe para que, compartiendo con ellos, su propio gozo sea completo.
Gozo.
El resultado natural de la comunión con Cristo (ver com. Rom. 14: 17).
Cumplido.
O "completo" (BJ, BA). Jesús había expresado la misma razón para hablar de "estas cosas" a sus discípulos (Juan 15: 11), y las palabras del discípulo amado bien pueden haber sido un eco de las palabras de su Maestro. El cumplimiento del gozo es un tema frecuente en los escritos de Juan (Juan 3: 29; 15: 11; 16: 24; 17: 13; 2 Juan 12). La religión cristiana es una religión de gozo (ver com. Juan 18: 11).
Así termina la breve introducción de la epístola. Juan, que personalmente había conocido a Cristo, deseaba compartir su conocimiento con sus lectores para que pudieran participar de la misma comunión que él ya disfrutaba con el Padre y el Hijo. Al expresar este amante deseo, Juan afirma la divinidad, la eternidad y la encarnación -y por lo tanto la humanidad- del Hijo. Transmite este maravilloso conocimiento con un lenguaje que es sencillo pero enfático, para que los lectores contemporáneos del apóstol -y también los de nuestros días- no tuvieran ninguna duda acerca del fundamento de la fe cristiana y la naturaleza de la obra de Jesucristo. De esta manera refuta con eficacia la enseñanza gnóstica sin siquiera mencionarla.
5.
Hemos oído de él.
Mejor "de parte de él", es decir, procedente de Dios o quizá de Cristo. Juan deseaba dejar en claro que no había inventado ni descubierto el mensaje que estaba por transcurrir a sus lectores, sino que lo había recibido del Señor, ya fuera directamente o por revelación.
Anunciamos.
Gr. anaggéllÇ, "anunciar", "hacer conocer", "descubrir", vocablo diferente del que se usa en los vers. 2 y 3 (apaggéllÇ), que también se traduce como "anunciar". AnaggéllÇ sugiere llevar las noticias hasta el que las recibe o de vuelta a él, mientras que apaggéllÇ destaca el origen de la noticia, es decir de dónde proviene.
Dios es luz.
La ausencia en el texto griego del artículo "la" delante del vocablo traducido "luz", especifica que "luz" es una fase o una cualidad de la naturaleza de Dios (cf. com. cap. 4: 8). Compárese con la luz como 648 un atributo de Cristo en Juan 1: 7-9.
La luz se relaciona íntimamente en la Biblia con la Deidad. Cuando el Señor inició la creación, la luz fue el primer elemento que creó (Gén. 1: 3). Las manifestaciones divinas generalmente están acompañadas por una gloria inefable (Exo. 19: 16-18; Deut. 33: 2; Isa. 33: 14; Hab. 3: 3-5; Heb. 12: 29; etc.). Dios es descrito como "luz perpetua" (Isa. 60: 19-20) y como quien mora "en luz inaccesible" (1 Tim. 6: 16). Estas manifestaciones físicas son simbólicas de la pureza moral y la perfecta santidad que distingue el carácter de Dios (ver com. "gloria" [dóxa], Juan 1: 14; Rom. 3: 23; 1 Cor. 11: 7).
Una de las más notables cualidades de la luz es su poder para disipar las tinieblas. Dios manifiesta esta cualidad en el plano supremo, el espiritual, en un grado superlativo: ante sus ojos no puede existir la oscuridad del pecado (Hab. 1: 13).
No hay ningunas tinieblas en él.
Literalmente "tiniebla en él no hay ninguna". La doble negación excluye enfáticamente la presencia de cualquier elemento de tinieblas en la naturaleza de Dios. Es típico que Juan presente una afirmación categórica como "Dios es luz", y que luego la refuerce con un contraste de lo opuesto (cf. vers. 6, 8; cap. 2: 4; Juan 1: 3, 20; 10: 28). Hay una razón inmediata para el énfasis de la declaración de Juan. La teoría gnóstica afirmaba que el bien y el mal eran contrarios que mutuamente se necesitaban, y que ambos habían emanado de la misma fuente divina: Dios. Esta doctrina tuvo sus orígenes en el filósofo griego Heráclito (535-475 a. C.). Sin embargo, si Dios es completa y enteramente "luz", sin la más pequeña mezcla de tinieblas, entonces el gnosticismo (ver t. VI, pp. 57-58) estaba enseñando algo opuesto a la naturaleza de Dios y debía ser rechazado por los que aceptaban las palabras del apóstol.
En los escritos de Juan "tinieblas" (skótos o skotía) es la antítesis de "luz", así como en las epístolas de Pablo pecado es la antítesis de justicia (Rom. 6: 18-19) y "carne" de "Espíritu" (cap. 8: 1). Ver Juan 12: 35, 46; com. Juan 1: 5; 8: 12.
6.
Si decimos.
Para lograr que lo escucharan los que necesitaban su consejo, el apóstol suaviza algunos de sus reproches implícitos haciéndolos hipotéticos (cf. vers. 8, 10; etc.) y se incluye a sí mismo en la afirmación. Sin duda comprendía que muchos pretendían tener comunión con el Padre, pero procedían en contra de la voluntad divina; sin embargo, usa un lenguaje amable con la esperanza de no chocar con sus lectores.
Tenemos comunión.
Ver com. vers. 3. La pretensión de tener comunión con Dios debe ser demostrada por sus resultados prácticos. Estos se manifestarán en la vida mediante pensamiento y acción, oración y obras (MC 410). Experimentar la presencia de Dios; es estar siempre consciente de su proximidad mediante el Espíritu Santo. Cada pensamiento, cada palabra, cada acto, reflejan la experiencia de su amante presencia y reconocimiento de que él lo ve todo. Hemos aprendido a amar a Dios. Sabemos que él siempre nos amó, y estamos agradecidos por su protección (Sal. 139: 1-12; Jer. 31: 3). Así como un niño desliza con toda confianza su mano dentro de la de su padre cuando se aproxima al peligro, y la mantiene así aun después de que haya pasado todo, de la misma manera el hijo de Dios camina con su Padre celestial. Esa es la verdadera "comunión con él".
Andamos.
Gr. peripatéÇ (ver com. Efe. 2: 2; Fil. 3: 17).
Tinieblas.
Gr. skótos (ver com. vers. 5). Nada puede reproducirse en las tinieblas, excepto ciertas formas inferiores de vida que tienden a hacer más sombrías las tinieblas. La podredumbre prolifera rápidamente si no llega hasta ella la luz purificadora. Los ojos que se han acostumbrado a la oscuridad, no pueden reaccionar ante la luz. Lo mismo sucede con el alma: la oscuridad del pecado impide el crecimiento espiritual y el pecado continuo destruye la percepción espiritual. Sin embargo, los hombres están tan aferrados al pecado, que buscan las tinieblas para pecar de manera más completa (Juan 3: 19-20).
Mentimos.
Juan pone de relieve la hipocresía de los que profesan seguir el camino de la luz, pero voluntariamente andan en tinieblas. Si Dios es luz (vers. 5), todos los que tienen comunión con él también deben andar en la luz. Por eso cualquiera que pretende tener comunión con el Padre y sin embargo anda en tinieblas, tiene que estar mintiendo. Su pretensión de tener comunión con Dios demuestra que, a lo menos en cierta medida, conoce la luz; pero las tinieblas que lo rodean prueban que está alejado de la luz por ignorancia o que, deliberadamente, la ha rechazado. 649
No practicamos la verdad.
Otro ejemplo de la manera en que Juan repite una afirmación -"mentimos"- con su negación equivalente -"no practicamos la verdad"- (ver com. vers. 5). La idea de "practicar la verdad" es peculiar de Juan (ver com. Juan 3: 21; cf. com. cap. 8: 32). En cuanto a "verdad" (alétheia), ver com. Juan 1: 14. Además de mentir con sus palabras, los que andan "en tinieblas" tampoco practican la verdad en su conducta. El pecado se expresa primero como un pensamiento, pero por lo general el pensamiento se convierte en un hecho. Cuando la conducta diaria llega al punto de rechazar el hábito de asistir a la iglesia, es una demostración de que se ha cortado la comunión con Dios. Cuando la religión deja de ser una práctica cotidiana, se elimina a Dios de la vida diaria y, en cambio, se da lugar a las tinieblas.
7.
Pero si andamos.
Aquí se presenta el lado positivo. Juan no deja a su grey en la desesperación, sino que se ocupa de los aspectos positivos de la vida cristiana para animar a sus hijos espirituales y para expresar su confianza en ellos.
El está en luz.
Constantemente Dios está circundado de la luz que irradia de sí mismo. Lo mejor que el cristiano puede hacer es caminar en los rayos de luz que se reflejan de Dios. Así como un viajero sigue la luz del guía a lo largo del camino oscuro y desconocido, así también el hijo de Dios debe seguir en el camino de la vida la luz que procede del Señor (2 Cor. 4: 6; Efe. 5: 8; cf. com. Prov. 4: 18).
Unos con otros.
Si andamos en la luz, andamos con Dios, de quien brilla la luz, y tenemos comunión no sólo con él sino también con todos los que están siguiendo al Señor. Si servimos al mismo Dios, y creemos las mismas verdades, y seguimos las mismas instrucciones en la senda de la vida, no podemos menos que caminar en unidad. La más tenue señal de mala voluntad entre nosotros y nuestros hermanos en la fe, debe impulsarnos a examinar nuestra conducta para estar seguros de que no nos estamos apartando del sendero iluminado de la vida (cf. com. cap. 4: 20).
Y la sangre.
La última oración de este versículo es de ninguna manera una idea posterior, pues la experiencia que aquí se está íntimamente relacionada con "en la luz". Juan reconoce que aun los que tienen comunión con Dios continúan necesitando ser limpiados del pecado, y por eso asegura al cristiano que Dios ya se ha anticipado a esa necesidad y proporcionado el remedio. En cuanto al significado de "sangre" para ser limpio de pecado, ver com. Rom. 3: 25; 5: 9; cf. com. Juan 6: 53.
Jesucristo.
La evidencia textual establece (cf. p. 10) el texto "Jesús". Así lo traducen la (BJ, BA y NC). Pero como Juan con frecuencia usa en sus epístolas la palabra "Jesucristo", o habla de Jesús como "el Cristo" o "el Hijo de Dio" (cap. 4: 15; 5: 1, 5), muchos prefieren la variante Jesucristo. En su Evangelio a menudo habla de Jesús como el Verbo encarnado; pero aquí piensa particularmente en el Salvador divino-humano, Jesucristo. En cuanto al título "Jesucristo", ver com. Mat. 1: 1.
Su Hijo.
Esta identificación adicional de Jesús destaca la magnitud del sacrificio que proporcionó la sangre purificadora: provino del Hijo de Dios. En cuanto a la filiación divina de Cristo, ver com. Luc. 1: 35.
Limpia.
Gr. katharízÇ, "limpiar", "purificar", verbo usado en los Evangelios para la "limpieza" de un leproso (Mat. 8: 2; Luc. 4: 27; etc.) y, en otros pasajes, para quedar limpio de pecado o de la culpabilidad del pecado (2 Cor. 7: 1; Efe. 5: 26; Heb. 9: 14; etc.). La limpieza a que se refiere Juan no es la que ocurre en el primer arrepentimiento y confesión, en el comienzo de la vida cristiana y que precede a la comunión con Dios. Aquí habla de la limpieza que continúa a través de toda la vida terrenal y que es parte del proceso de santificación (ver com. Rom. 6: 19; 1 Tes. 4: 3). Jamás nadie, excepto Cristo, ha vivido una vida sin pecado (ver com. Juan 8: 46; 1 Ped. 2: 22); por eso los hombres continuamente necesitan de la sangre de Cristo para ser limpiados de sus pecados (ver com. 1 Juan 2: 1-2).
El autor se incluye entre los que necesitan esa limpieza. Los que caminan más cerca de Dios, en la gloria de la luz divina, comprenden mejor su propia pecaminosidad (cap. 1: 8, 10; HAp 448-449; CS 522-527).
Todo pecado.
En cuanto al "pecado", ver com. cap. 3: 4.
8.
Si decimos.
O "cuando decimos". Ver com. vers. 6.
No tenemos pecado.
Juan no especifica si había algunos que públicamente pretendían ser perfectos, o si se trataba de una actitud implícita; pero capta la existencia de esa pretensión 650 y muestra su peligro. El uso que hace del verbo en presente muestra que los que contaban en sí mismos pretendían para sí una justicia presente y continua que en realidad no habían alcanzado. No negaban que habían pecado antes, pero ahora decían literalmente: "no tenemos pecado". En este respecto contrastaban agudamente con los genuinamente justos, quienes reconocen su pecaminosidad y necesidad de limpieza (vers. 7). Sólo Cristo puede afirmar que está libre de pecado (ver com. vers. 7). En cuanto a "pecado", ver com. cap. 3: 4.
Nos engañamos.
Ver com. Mat. 18: 12. Como nos engañamos a nosotros mismos, no podemos culpar a nadie más. La pretensión de no tener pecado es un ensalzamiento del yo, una resurrección del hombre viejo, un acto de orgullo, de pecado, por lo tanto es una contradicción propia característica del que se engaña a sí mismo. No está dispuesto a admitir su pecaminosidad, y por eso su engañoso corazón inventa incontables maneras de declarar su inocencia. El poder penetrante de la Palabra de Dios es lo único que puede revelar la verdadera condición del corazón; sólo entonces es cuando la mente está dispuesta a aceptar ese veredicto (Jer. 17: 9; Heb. 4: 12).
La verdad no está en nosotros.
Ver com. vers. 6. El autor, después de una afirmación positiva, añade la negación equivalente (cf. vers. 5-6). El que deliberadamente rechaza lo correcto y acepta una falsedad, especialmente una que lo hace sentirse superior a otros y sin necesidad del Salvador, nunca puede estar seguro de que alguna vez se sentirá de nuevo dispuesto a discernir la diferencia entre lo falso y lo correcto, o que podrá hacerlo (cf. com. Mat. 12: 31). A menos que tal persona rápidamente vuelva a la senda anterior, donde humildemente pueda recibir la luz de la verdad, se apartará por un camino que sólo puede terminar en condenación y muerte. No importa cuán profundo sea el conocimiento de otros aspectos de la verdad, un error en este sentido hará inútil todo otro conocimiento.
9.
Confesamos.
Gr. homologéÇ, "decir la misma cosa", "reconocer", "confesar" (ver com. Rom. 10: 9); de homós, "igual", y légÇ, "decir".
Pecados.
Gr. hamartía (ver com. cap. 3: 4). Las palabras de Juan muestran que se daba cuenta de que los cristianos sinceros a veces caen en el pecado (cf. com. cap. 2: 1) Tambien es claro que está hablando de actos específicos de pecado, y no de pecado como un principio maligno presente en la vida. Por lo tanto, la confesión debe ser mas especifica que la simple admisión de que se ha pecado. El reconocimiento de la naturaleza precisa de un pecado y la comprensión de los factores que han llevado a cometerlo, son esenciales para la confesión y para adquirir la fuerza necesaria a fin de resistir una tentación similar cuando reaparezca (5T 639). No estar dispuestos a ser específicos podría revelar la ausencia del verdadero arrepentimiento y la falta de un deseo real de todo lo que implica el perdón (CC 40). En cuanto a la estrecha relación que existe entre la confesión y el arrepentimiento, ver com. Eze. 18: 30; 5T 640.
El contexto da a entender que el autor espera que la confesión sea hecha a Dios, pues sólo él "es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad"; por lo tanto, no se necesita un intercesor humano, ningún sacerdote, para que nos absuelva de pecado. Acudimos a Dios no únicamente porque sólo él puede "limpiarnos" sino porque hemos pecado contra él. Esta verdad se implica a todo pecado. Si el pecado es también contra alguna persona, entonces la confesión debe hacerse a esa persona y también a Dios (5T 645-646; DTG 751). Los alcances de la confesión deben medirse por los alcances del daño causado por nuestro mal proceder (cf. com. Prov. 28: 13).
El es fiel.
El único elemento de incertidumbre en el proceso de la confesión y del perdón está en el pecador. Si el hombre confiesa de verdad, es seguro el perdón del Señor. La fidelidad es una de las más destacadas cualidades del Señor (1 Cor. 1: 9; 10: 13; 1 Tes. 5: 24; 2 Tim. 2: 13; Heb. 10: 23). Juan realza aquí la fidelidad de Dios para otorgar el perdón (cf. com. Exo. 34: 6-7; Miq. 7: 19).
¡Con cuánta frecuencia se renuncia a la paz por dudar de la fidelidad de Dios! Satanás hace todo lo que puede para quebrantar nuestra fe en el solícito interés que el Señor tiene en nosotros como individuos (DMJ 95). Se siente satisfecho de que creamos que Dios cuida de muchos o de la mayoría de sus hijos siempre y cuando pueda inducirnos a dudar de que él cuida en forma personal de nosotros. Siempre necesitamos recordar el poder divino que impedirá que caigamos (Jud. 24); y si caemos por no recurrir a ese poder, 651 debemos acudir, arrepentidos, ante el trono de la misericordia y de la gracia en busca de perdón (cf. Heb. 4: 16; 1 Juan 2: 1).
Justo.
Gr. díkaios, "justo" o "recto" (ver com. Mat. 1: 19). Dios es un juez justo, y su justicia es más evidente si se contrasta con "toda" nuestra "maldad [adikía]. Felizmente para nosotros su justicia está atemperada con misericordia.
Perdonar.
Gr. afi'mi, verbo usado en el NT con diversos significados: "enviar", "despedir", "irse", "Perdonar"; sin embargo, cuando se usa en relación con "pecado", uniformemente se traduce como "perdonar" (ver com. Mat. 6: 12; 26: 28). La fidelidad y la justicia de Dios se manifiestan más completamente dentro del ámbito del perdón. En cuanto al perdón, ver com. 2 Crón. 7: 14; Sal. 32: 1; Hech. 3: 19.
Nuestros pecados.
Es decir, los pecados específicos que hemos confesado. El Señor está listo a perdonar al pecador arrepentido, pero perdonar no significa de ninguna manera tolerar. Los pecados confesados son quitados por el Cordero de Dios (Juan 1: 29). El bondadoso amor de Dios acepta al pecador arrepentido, le quita el pecado que confiesa y aparece delante del Señor cubierto con la perfecta vida de Cristo (Col. 3: 3, 9- 10; PVGM 252-254). El pecado ha desaparecido, la condición del pecador es la de un hombre nuevo en Cristo Jesús.
Y limpiarnos.
La frase "limpiarnos de toda maldad" puede entenderse como relacionada con "perdonar nuestros pecados", o como que presenta un proceso distinto del perdón, y que viene después de él. Ambas ideas son correctas cuando se aplican al diario vivir del cristiano. Todo pecado mancha, y cuando el pecador es perdonado queda limpio de los pecados que le han sido perdonados. Cuando David confesó su gran pecado, oró: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio" (Sal. 51: 10). El propósito del Señor es limpiar al pecador arrepentido de toda maldad. El pide perfección moral de sus hijos (ver com. Mat. 5: 48), y ha provisto lo necesario para que cada pecado pueda ser resistido con éxito, y vencido (ver com. Rom. 8: 1-4). Mientras vivamos habrá nuevas victorias que ganar y nuevas alturas que escalar. Esta limpieza cotidiana del pecado y el crecimiento en la gracia, se llama santificación (ver com. Rom. 6: 19). El primer paso redentor que Dios obra en favor del pecador, cuando éste acepta a Cristo y se aparta de su pecado, se llama justificación (ver com. Rom. 5: 1). Es posible ver esos dos procesos en las palabras de Juan, pero no se puede saber si el apóstol pensaba en la distinción entre esos pasos en la salvación. Es más probable que estuviera pensando en la limpieza que acompaña al perdón, aunque sus palabras pueden tener una aplicación más amplia.
De toda maldad.
Esta declaración abarcante aclara cuán completamente está Dios dispuesto a eliminar la maldad de los que han confesado sus pecados y han sido perdonados; pero el pecador debe cooperar con Dios abandonando el pecado. Si se sigue el plan bíblico, la limpieza será completa.
Es necesario vigilar cuidadosamente en oración para impedir que renazcan los antiguos hábitos de pensamiento y conducta (Rom. 6: 11-13; 1 Cor. 9: 27). La acción de la voluntad es decisiva, pero la voluntad es débil y vacilante hasta que Cristo la limpie y fortalezca. El corazón engañoso con frecuencia tiene un anhelo oculto propenso a sus antiguos hábitos de vida, y presenta muchas excusas para justificar una continua complacencia de esos hábitos. Para no caer en el pecado es imprescindible estar continuamente alerta frente al peligro, y también se necesita una renovación diaria de los buenos propósitos (CC 52), pues el ciclo no puede hacer nada por la persona a menos que acepte la gracia y el poder de Cristo para erradicar cada deseo pecaminoso y cada mala tendencia de su vida. Ver com. 1 Juan 3: 6-10; Jud. 24.
10.
No hemos pecado.
Esta es la tercera y específicamente la más falsa de las pretensiones a la santidad (cf. vers. 6, 8). En el vers. 6 se habla del pensamiento ilusorio de mantener comunión con Dios mientras se anda en tinieblas. Es fácil pretender esto; es difícil refutar esta pretensión. En el vers. 8 se menciona la ilusiva pretensión de poseer un corazón sin pecado; también es difícil probar lo contrario. Sin embargo, aquí Juan dice que algunos afirman que no han cometido ningún acto pecaminoso. Esa pretensión no es verdad, pues todos hemos pecado (Rom. 3: 23). La epístola está dirigida a cristianos que tendrían que saber bien lo que era el pecado, y por esta razón Juan se refiere claramente a la conducta después de la conversión.
Le hacemos a él mentiroso.
La consecuencia de la mencionada pretensión de no haber 652 cometido ningún pecado, se presenta de acuerdo con el patrón seguido en los vers. 6 y 8, donde los resultados se expresan tanto positiva como negativamente; pero aquí se usan palabras más graves. La pretensión de mantener comunión con Dios nos convierte en mentirosos (vers. 6). Pensar que no tenemos pecados significa que nos estamos extraviando (vers. 8); pero la pretensión de que no hemos pecado, convierte a Dios en mentiroso. No es que una pretensión humana pueda afectar la perfección divina, sino que si semejante pretensión -no tener pecado- fuera verdadera, estaría en contradicción con las claras afirmaciones de la Palabra de Dios.
Su Palabra.
La referencia no es a Cristo -el Verbo de vida- sino a la palabra pronunciada o escrita por Dios como el vehículo mediante el cual se transmite su verdad (vers. 8). Esta Palabra es verdad (Juan 17: 17), y no puede estar dentro de los que contradicen sus evidentes declaraciones. Si los seres humanos no aceptan el testimonio de Dios, si niegan la validez de la descripción que él hace de la condición de ellos, están cerrando la puerta a su Palabra y ella no puede morar más en sus corazones.
La Palabra inspirada es el medio ordenado por Dios para revelar al hombre su verdadera condición y para salvarlo a fin de que no sea engañado creyendo que no tiene pecado. Por lo tanto, cada cristiano debe ser un estudiante diligente de la Palabra; debe aprender de memoria las verdades de la Biblia para fortalecer su mente con la Palabra vivificante. Sus preciosas promesas serán su apoyo en tiempos de pruebas y dificultades, y su instrucción en justicia nos conducirá al Salvador y nos preparará para recibir su carácter santo (2 Tim. 3: 16-17). Si tenemos la Palabra de Dios en nuestro corazón, no pecaremos más voluntariamente contra el Señor (Sal. 119: 11); sin embargo, no pretenderemos que ya hemos alcanzado la santificación completa y definitivamente (cf. CS 676-677).


COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE
1 CH 557; DTG 307; ECFP 92; HAp 443; PR 166; 6T 90
1-3 HAp 454; MC 366; 8T 321
1-7 7T 286
2 CM 421; DTG 215; Ed 80; HAp 434; PVGM 25
3 CH 557; DTG 307; ECFP 92; HAp 443; PR 167; 6T 90
5 CS 530; Ev 210; 1JT 157; MB 83
5-7 3T 528
6-8 ECFP 89
7 CM 147; CS 79; DMJ 98; FV 97; HAd 186; 1JT 345, 404; 3JT 238, 293; MC 60; OE 169; PR 236; 3T 464; 4T 625; 5T 254; TM 211, 517
8 ECFP 8, 65; NB 84
8-10 HAp 449
9 CC 41; DMJ 99; DTG 232, 746; HAp 441, 452; MB 159; MC 85, 136, 174; PVGM 122; ST 641; TM 147